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Michael
Crichton:
Rescate en el tiempo (1999-1357)
Con
gran aparato comercial se ha publicado en España Rescate en
el tiempo (1999-1357)1,
la última obra del novelista, cineasta y guionista norteamericano
Michael Crichton2.
Tengo que confesar que mi admiración por la polifacética
personalidad de este autor viene de lejos, desde aquella tarde, ya brumosa
en mi recuerdo, en que acudí al cine con mi hermano José
Ángel para ver La amenaza de Andrómeda, un filme
de Robert Wise basado en su primera novela de éxito. No estoy del
todo seguro, pero creo que se trataba del cine de los Escolapios de Pamplona,
una de aquellas ruidosas salas, típicas de colegio de curas (el
que no haya asistido a una sesión en el colegio Calasanz, o en
el salón Champagnat de los maristas, o en el salón Loyola
de los jesuitas, no puede siquiera imaginar la algarabía que allí
se formaba), que, a pesar de su incomodidad y sus precarios equipos, tanto
hicieron por difundir la cultura cinematográfica entre los jóvenes
de los años sesenta y setenta. Muchos años después
descubrí al Crichton novelista (en la inolvidable y adictiva Parque
Jurásico), así que se comprenderá que después
de disfrutar como un crío con los dinosaurios jurásicos
y sus descendientes en El mundo perdido, los neandertales Devoradores
de cadáveres, los gorilas homicidas de Congo, la enigmática
Esfera y las intrigas industriales de Punto crítico,
no pudiera resistir la tentación que me proponía Rescate
en el tiempo.
Cualquier lector que se disponga a leer una novela de Crichton ha de
tener muy claro el terreno por donde pisa. Para empezar, debe ser consciente
de que el escritor norteamericano es un declarado cultivador de la literatura
popular, cuya máxima aspiración es la búsqueda del
entretenimiento mediante una trama dinámica, un estilo funcional
y el tratamiento de temas de actualidad. Crichton no pretende deslumbrar
al lector con un estilo sublime, personajes complejos y profundas reflexiones
filosóficas; su propósito es mucho más simple: dejarlo
pegado a su butaca a base de un cóctel de ingredientes tan elementales
como eficaces: la aventura, el miedo, la ambición, el peligro,
la sorpresa... Esto no implica que sus obras sean necesariamente banales;
por el contrario, todas ellas están vinculadas de un modo u otro
a una inteligente reflexión sobre los riesgos del ejercicio del
poder, o bien avanzan para el público no especializado las direcciones
más innovadoras de la ciencia y la tecnología.
Un tema clásico
de la ciencia-ficción
Imagino que Crichton habrá sido consciente de los riesgos que
corría al abordar el tema del viaje en el tiempo, pues éste
es uno de los motivos canónicos del género de la ciencia-ficción.
Un somero repaso a los autores y las obras que le han precedido en este
empeño bastaría para meter el miedo en el cuerpo a cualquiera:
H.G. Wells (The Time Machine, 1895), L. Sprague de Camp (Lest
Darkness Fall, 1939), Isaac Asimov (The End of Eternity, 1957),
Fritz Leiber (The Big Time, 1957), Poul Anderson (Guardians
of Time, 1960)3.
Está claro, sin embargo, que a Crichton no le arredran estos desafíos,
como ya demostró en Parque Jurásico y El mundo
perdido, novelas ambas que bebían de las fuentes de muy prestigiosos
antecesores4.
En Rescate en el tiempo, Crichton demuestra una vez más
su habilidad para hacer inteligibles al gran público los descubrimientos
científicos más abstrusos, y así es capaz de renovar
el tema clásico a partir de las propiedades del denominado “multiuniverso
cuántico” (remito a los incrédulos a las explicaciones
que aparecen al principio de la sección titulada “Black Rock”,
pp. 173 y ss.). Pero Crichton no se limita al despliegue tecnológico,
ya que a lo largo de la novela utiliza el contraste entre épocas
y sociedades muy diferentes (la de finales del siglo XX y la de mediados
del siglo XIV) para proponernos sugestivas meditaciones sobre las actitudes
que los hombres de nuestra época mantenemos hacia el pasado, y
sobre las posibilidades que el viaje temporal brinda no ya sólo
a la investigación histórica, sino también a la moderna
industria del ocio (este último aspecto tiene un sello típicamente
crichtoniano de audacia prospectiva, muy semejante al de la celebérrima
Parque Jurásico).
En cualquier caso, y por muy interesante que nos resulte la dimensión
intelectual de la novela, no deberíamos insistir excesivamente
en ella, ya que frente a aquellas obras que utilizan el tema del viaje
en el tiempo como punto de partida para proponer metáforas críticas
de nuestra propia sociedad (La máquina del tiempo) o realizar
un análisis de los efectos de las paradojas temporales (El fin
de la eternidad), Rescate se caracteriza por un planteamiento
argumental menos especulativo y más próximo a los esquemas
narrativos de la novela de aventuras. Para comprobarlo, hagamos un rápido
resumen de la historia: la empresa norteamericana International Technology
Corporation (en adelante, ITC), propiedad del multimillonario Robert Doniger,
ha desarrollado una tecnología que permite el viaje temporal (el
narrador sostiene que el viaje en el tiempo es, en sí mismo, imposible,
y señala en cambio, de acuerdo con las teorías de la mecánica
cuántica, que existe la posibilidad de acceder a universos alternativos
que coexisten con el nuestro). El profesor Edward Johnston, un eminente
arqueólogo norteamericano que dirige las excavaciones de un poblado
medieval en la Dordoña francesa (trabajos oportunamente financiados
por la ITC), decide viajar al pasado para comprobar una de sus hipótesis.
Como resultado de un accidente imprevisto, queda aislado en el siglo XIV,
pero se las ingenia para enviar hacia el futuro un mensaje de socorro,
que es encontrado, ¡en el mismo yacimiento, más de seiscientos
años después!, por sus colegas arqueólogos, los cuales
no dudan en emprender el mismo arriesgado viaje para recuperar a su amigo.
La estancia de estos tres científicos (y de algún otro personaje
más, cuya identidad es conveniente no desvelar) en la Francia medieval,
durante la Guerra de los Cien Años, les deparará un sinnúmero
de sorpresas y aventuras, cuya narración ocupa la sección
principal de la novela (“Castelgard”), la cual abarca casi dos
tercios de sus seiscientas páginas.
Este resumen del argumento nos permite plantear una primera objeción,
que inevitablemente determina nuestra valoración de la novela.
Me refiero a su encuadre genérico, que a mi entender resulta excesivamente
deudor de las convenciones del best-seller. Un lector
que comience a leer la introducción, significativamente titulada
“La ciencia a finales de siglo” (pp. 7-11) puede verse tentado
a creer que se encuentra ante un ejemplo de la denominada hard science
fiction, es decir, la narrativa de ficción científica
apoyada en un soporte científico verosímil ceñido
a la evidencia empírica, dado que Crichton ofrece abundantes datos
científicos y tecnológicos, aparato bibliográfico
y citas a pie de página, elementos todos ellos que proporcionan
a la narración una deliberada vocación de verosimilitud.
Ahora bien, el planteamiento inicial no pasa de ser un espejismo, ya que
la mayor parte del relato, y en especial la sección titulada “Castelgard”
ofrece características mucho más próximas a las de
la narrativa de aventuras convencional (con su repertorio estereotipado
de buenos y malos, un decorado “exótico”, fuertes dosis
de acción y violencia y unas cuantas peripecias que rozan lo inverosímil),
que al modelo de novela de entretenimiento y base científica que
el propio Crichton consagró en la espléndida Parque Jurásico.
La comparación entre ambos textos no es caprichosa, sino del todo
pertinente dadas sus numerosas semejanzas5.
Así pues, y al menos desde la perspectiva de la definición
genérica, habrá que concluir que la última novela
del escritor norteamericano resulta menos lograda que la de 1990, ya que
Rescate en el tiempo no alcanza ese nivel de integración
—temática, estructural y hasta emotiva—
entre los componentes científico-tecnológicos
y la trama novelesca que era una de las características más
admirables de Parque Jurásico.
Aun teniendo presentes estas objeciones, hay que admitir que el autor
de Rescate en el tiempo no ha perdido un ápice de su característico
talento para convertir los avances de la ciencia y la tecnología
modernas en un material de gran potencialidad narrativa y en una fuente
de mitos icónicos que alimentan la cultura popular. Ciertas secuencias
clave de la novela —por ejemplo las que transcurren en Black
Rock, Nuevo Méjico, en las instalaciones de la empresa ITC—, se
caracterizan por un diseño espectacular, que sólo cabe calificar
como inevitablemente cinematográfico. La descripción de
esta empresa ultramoderna, que alberga en las entrañas de una mina
abandonada una impresionante batería de teletransportadores cuánticos
(la referencia a la serie Star Trek parece inevitable), gigantescos
dispositivos aislantes formados por paneles llenos de agua y ordenadores
de inimaginable potencia, “huele” a guión fílmico
y al habitual despliegue de efectos especiales que acompaña a las
versiones fílmicas de las novelas de Crichton. Añadamos
a ello la circunstancia de que la sección principal de Rescate
está repleta de escenas de gran dinamismo —torneos
medievales, batallas, asaltos de castillos, matanzas, una arriesgada navegación
por un gran río subterráneo—, y comprenderemos que Rescate
en el tiempo constituye terreno abonado para el éxito, tanto
en su versión literaria como en la más que probable (y me
imagino que no demasiado lejana) adaptación cinematográfica6.
Estructura
y técnica narrativa
La facilidad de Crichton para lograr el aplauso de un público
amplísimo no sólo se debe a sus hallazgos en el terreno
de la imaginación visual. Rescate es también un buen
ejemplo de la habilidad constructiva y el talento narrativo de su autor.
Crichton comienza su novela proponiéndonos una situación
cotidiana, aunque difícilmente explicable, y a continuación
practica un giro argumental que nos traslada a un escenario completamente
diferente. La técnica recuerda sobremanera a la de Parque Jurásico,
y si allí teníamos una niña atacada por unos animales
no catalogados por la ciencia (que luego resultan ser unos pequeños
dinosaurios carnívoros), aquí nos encontramos a un hombre
que aparece en el desierto en circunstancias inexplicables y sospechosas.
Así comienza a crearse un vigoroso efecto de suspense narrativo,
que se mantiene a lo largo de la novela mediante varios procedimientos:
- La principal estrategia para la creación del suspense se encuentra
en la sección principal de la novela y consiste en un manejo
muy estricto del tiempo de la historia: los viajeros en el tiempo tienen
un plazo fijo para regresar al presente (37 horas), cuya duración
se recuerda constantemente al lector en los títulos de los capítulos,
dispuestos como una amenazadora cuenta atrás.
- Crichton incorpora muy eficazmente al discurso narrativo las estrategias
típicas del thriller, tales como la ruptura de la historia en
secuencias que se interrumpen unas a otras o el montaje paralelo de
acciones simultáneas. Esta última técnica se adapta
perfectamente al propósito de la novela, pues la tensión
narrativa se deriva de la imposibilidad de comunicación entre
los dos universos que confluyen en la historia (el de 1999 y el de 1357),
que sin embargo sí son perceptibles para el lector gracias al
montaje narrativo. Hay magníficos ejemplos de la eficacia de
este procedimiento, como el violentísimo episodio que abre la
sección principal de la novela (pp. 242-247), el cual tiene una
desastrosa influencia en la capacidad de los viajeros del tiempo para
comunicarse con el presente.
- En esta sección aparece otro procedimiento de creación
del suspense muy típico del thriller y de la novela policial:
la identidad falsa. A lo largo de la estancia de los viajeros en el
pasado medieval se suceden los indicios que apuntan a que allí
hay otro hombre moderno cuya obsesión es destruir a los recientes
viajeros por alguna oscura e inquietante razón. Los lectores
pueden adivinar su identidad si prestan atención a algunas pistas
(por ejemplo, los nombres y apellidos de los personajes).
- La dosificación de la información, tanto por parte del
narrador omnisciente como por parte de los personajes que disponen de
ella (y aquí hay que referirse al millonario Doniger, quizás
el personaje más atractivo de la novela en su perfil de científico
ensoberbecido por su propia genialidad) constituye también un
poderoso generador de tensión narrativa. El lector intuye que
hay varios aspectos incompletos o falsos en la información que
reciben los protagonistas a la hora de iniciar su viaje temporal, circunstancia
que no sólo incrementa el clima emocional de la lectura, sino
que también justifica algunas de las sorpresas de la trama (entre
ellas la ya aludida revelación de una doble identidad).
La habilidad constructiva de Crichton se revela en otro aspecto de la
estructura novelística, como es la integración de los
hechos científicos e históricos en el discurso narrativo.
En vez de detener el desarrollo de la trama (un procedimiento que solía
utilizar Julio Verne, a veces de forma abusiva, y que en narratología
se denomina “pausa”), Crichton prefiere utilizar escenas
(también
utilizo este término en su estricto sentido narratológico)
que no sólo proporcionan al lector informaciones esenciales,
sino que también le permiten disfrutar de un saludable contrapunto
humorístico.
Citaré un ejemplo: en dos secuencias de la sección titulada
“Dordogne” (pp. 108 y ss., y pp. 131 y ss.) vemos cómo
uno de los arquélogos evoca ante los visitantes del yacimiento
arqueológico los aspectos fundamentales de la sociedad medieval;
el lector agradece estas informaciones y al mismo tiempo disfruta
de los
sarcasmos que dedica Crichton a estos visitantes, dos yuppies neoyorkinos
totalmente ignorantes del medievo europeo, de cuya estúpida
suficiencia se ríe el novelista a mandíbula batiente.
Pasado y presente
La relación entre nuestro presente de finales del siglo XX y el
pasado medieval es un aspecto clave de la novela que hay que analizar
con detenimiento. Comenzaré por decir que no me siento del todo
satisfecho con el retrato de la sociedad y la cultura medievales, y no
porque Crichton carezca de energía o capacidad descriptiva, sino
porque es víctima de una contradicción de la que a mi modo
de ver no consigue librarse. Es cierto que en los “Agradecimientos”
del final de la novela destaca cómo la moderna historiografía
concibe la Edad Media como una época caracterizada por importantes
desarrollos tecnológicos y profundos cambios sociales, y por tanto
mucho menos “tenebrosa” de lo que hasta ahora se venía
pensando. A pesar de ello, predominan en el relato aquellos aspectos habitualmente
asociados al mundo medieval: la crueldad, la violencia —con
un variado catálogo de asesinatos, ejecuciones, torturas refinadas,
matanzas—, y la inestabilidad política. Por otra parte, la novela
está repleta de acciones de un medievalismo más bien tópico
—torneos y desafíos, escenas cortesanas, banquetes,
fugas de mazmorras, asaltos de fortalezas—, los cuales parecen más
propios de la cultura de masas (no vendría mal recordar algunos
títulos como El príncipe valiente, Ivanhoe,
El halcón y la flecha, Robin Hood), que de un relato
que declara su voluntad de ser fiel a la realidad histórica y que
en varias ocasiones insiste en la sátira de los anacronismos.
Dicho esto, hay que insistir también en que el pasado que presenta
Crichton no carece de rasgos originales. El primero se percibe —y
ello me parece muy significativo— in absentia, dado que un rasgo
que siempre tendemos a considerar como clave imprescindible en la sociedad
medieval —su intensa dimensión espiritual— apenas
aparece en el relato. No deja de tener su gracia el hecho de que uno
de
los escenarios más importantes de la acción sea un monasterio
en el que todas las pasiones humanas están presentes, excepto
la espiritualidad. Por otro lado, el autor nos muestra su habitual
fascinación
(ya presente en títulos anteriores como Congo, Esfera
o Parque Jurásico) por los pormenores arquitectónicos;
en esta ocasión se complace en describir con detallismo topográfico
y acompañamiento de ilustraciones los escenarios donde transcurre
la acción: la cubierta de un salón medieval, las fortificaciones
del castillo de La Roque, las dependencias de un monasterio, las
instalaciones
de un molino, etc. Quizás no sea aventurado suponer que, además
de sus preferencias personales, la novela registra en este aspecto la
influencia de algún best-seller reciente,
como
Los pilares de la tierra, de Ken Follett.

En su tratamiento de la relación entre pasado y presente la novela
alcanza en ciertos momentos una dimensión reivindicativa y polémica,
aunque no del todo exenta de ambigüedad. Crichton proyecta críticas
muy acerbas sobre nuestra época, a la cual acusa de mantener una
culpable ignorancia respecto a la importancia del pasado como instancia
conformadora del presente e incluso como fuente de poder para quien pueda
manipularlo (en este último aspecto la reflexión histórica
se combina acertadamente con el componente tecnológico y especulativo
propio de la ciencia-ficción). Además, Crichton
satiriza la tendencia del hombre moderno a ignorar, cuando no despreciar,
otras formas anteriores de cultura7,
lo cual inserta su obra en esa tradición del aprovechamiento humorístico
del anacronismo que tan bien representa la famosísima Un yanqui
en la corte del Rey Arturo, de Mark Twain8.
Sabios arqueólogos
y millonarios locos
Estoy convencido de que Crichton ha sido perfectamente consciente de
las implicaciones ideológicas de su relato y de esta intención
satírica a la que acabo de referirme, lo cual no impide que en
algún momento caiga en las trampas que él mismo denuncia.
De hecho, yo creo que exagera la capacidad de sus héroes para desenvolverse
en la Francia medieval hasta extremos claramente inverosímiles.
A pesar de las precauciones que adopta el relato (que presenta al arqueólogo
André Marek como un experto en todas las formas de la vida medieval,
incluidas tareas tan poco habituales en nuestros días como el manejo
del dificilísimo arco longbow o la monta de los inmensos
percherones sobre los que se lidiaban los torneos caballerescos), no es
muy creíble que tanto él como sus otros dos compañeros
de viaje se transformen en diestros espadachines, vigorosos combatientes
y competentes hablantes de latín y francés antiguo (por
mucho que en esta tarea sean auxiliados por traductores portátiles
miniaturizados) a lo largo de las escasas treinta y siete horas que dura
su escapada al medievo9.
Esta no es la única contradicción perceptible en Rescate
en el tiempo. Antes he dicho que la alternancia entre pasado y
presente produce un mensaje ambiguo, de dudosa interpretación,
pues al lado de aventuras desaforadas, propias de las convenciones
de la narrativa
popular, conviven reflexiones de alcance sobre la infantilización
de la sociedad contemporánea, ávida de convertir cualquier
clase de realidad en un sucedáneo manipulado, dirigido y ficticio,
en un gigantesco parque temático, en suma (del cual formaría
parte, si extremamos nuestra perspectiva crítica, la propia
novela). Ahora bien, es curioso que estas reflexiones a las que
acabo de referirme
estén en boca de uno de los “malos” de la novela, el
empresario Doniger, en su discurso a los inversores de su empresa (pp.
542-555), lo cual tiñe de ambigüedad ideológica su
declaración. Cabría formular algunas preguntas al respecto:
¿está de acuerdo aquí Crichton con su personaje
(lo cual es dudoso, dado el crudelísimo final que le inflige)?;
por otra parte, ¿tiene este desenlace un sentido moral, es decir,
se trata de un castigo a la inhumanidad del millonario, o es sólo
una irónica y casi cínica constatación de que no
hay sitio en la moderna sociedad para hombres de su inteligencia y
lucidez?
Tal vez podríamos aceptar que, en efecto, la novela ofrece un
desenlace positivo (rasgo frecuente de la narrativa popular, casi siempre
partidaria
del tópico del happy end), ya que con el final se recompone
el equilibrio trastocado, triunfan los valores de la amistad y la compasión
y queda aplastado el despotismo del científico enloquecido por
su soberbia. Sin embargo, el hecho de que el protagonista prefiera
no
volver al mundo del presente plantea nuevas incógnitas: ¿su
acción debe interpretarse como un sacrificio por sus compañeros
o simplemente como la constatación de que no se siente a gusto
en su propia época y por tanto prefiere optar por el lugar
y el tiempo de su elección?10
A lo largo de esta reseña he hecho algunas referencias a los personajes
de Rescate en el tiempo, y no quisiera finalizarla sin referirme
de nuevo a ellos. Creo que Crichton ha hecho un mayor esfuerzo que en
obras anteriores por desarrollar personajes singulares y dotarlos de una
evolución psicológica convincente. A este respecto, conviene
citar el ejemplo del arqueólogo Chris Hughes, cuyo contacto con
los riesgos y violencias del pasado medieval transforma su carácter
quebradizo e indeciso en una personalidad vigorosa. En cualquier caso,
es obvio que Rescate en el tiempo no es una novela destinada a
perdurar en la memoria gracias al brillo e intensidad de sus personajes,
alguno de los cuales —por ejemplo el profesor Johnston, que
entra y sale de la trama en un movimiento continuo que acaba por confundir
al lector— resulta totalmente desaprovechado. Quizás podamos salvar
de esta vulgaridad a un personaje cuya fuerza y dinamismo se imponen a
su estricta dimensión actancial; me refiero al “malo”
de la historia, el millonario Robert Doniger, un personaje que se sitúa
claramente en la tradición del tipo del “científico
loco”, ya visitada por Crichton en novelas como Parque Jurásico,
Congo o Esfera. Este director de empresa megalómano
y visionario, genial pero al mismo tiempo deshumanizado, cruel e insensible,
no constituye un prodigio de caracterización, pero al menos ofrece
ante el lector un perfil singular, atrayente y repulsivo a la vez.
Notas
1. La novela se publicó en 1999,
con el título de Timeline. La edición española,
de Plaza y Janés, ha sido traducida por Carlos Milla Soler. Para
esta reseña utilizo la edición del Círculo de Lectores.
«
2. Crichton acumula en su trayectoria
profesional una variedad de intereses y talentos nada frecuente. A su
actividad más conocida —la de novelista de enorme
éxito popular—, hay que añadir otras: licenciado en medicina
por la universidad de Harvard, director de cine (con obras tan estimables
como Almas de metal, Coma, El primer gran asalto al tren,
Runaway) y creador de una serie de televisión tan universalmente
reconocida como Urgencias. «
3. El lector interesado puede encontrar
una amplia relación de obras de ciencia ficción que tratan
el tema del viaje en el tiempo en las entradas “Time Paradoxes”
y “Time Travel”, en CLUTE, John y Peter Nicholls, The Encyclopedia
of Science Fiction, New York, St. Martin's Press, 1995, pp. 1225-26
y 1227-29, respectivamente. Datos interesantes sobre este tema, y sobre
el género de la ciencia ficción pueden encontrarse en varias
obras recientes en castellano: BARCELÓ, Miquel, Ciencia ficción.
Guía de lectura, Barcelona, Ediciones B, 1990; PRINGLE, David,
Ciencia ficción. Las cien mejores novelas, Barcelona, Minotauro,
1990; CLUTE, John, Ciencia ficción. Enciclopedia ilustrada,
Barcelona, Ediciones B, 1996. También recomiendo la consulta del
espléndido artículo de Francisco Javier Esteban y Enric
Quílez, "El
viaje en el tiempo en la ciencia ficción".
«
4. Algunos críticos consideran
que los homenajes literarios que practica Crichton son, en algún
caso, censurables; así lo cree, por ejemplo, Fernando Savater,
quien opina que la copia literal del título del clásico
de sir Arthur Conan Doyle sobrepasa el ámbito del homenaje y constituye
en cambio una irrespetuosa osadía. Véase SAVATER, Fernando,
“Brevísima teoría de Michael Crichton”, en Despierta
y lee, Madrid, Alfaguara, 1998, pp. 245-247. En este libro se recogen
otros dos artículos sobre la obra del novelista: “El caos
y los dinosaurios” y “Otra brevería crichtoniana”,
pp. 242-244 y 248-249, respectivamente.
«
5. Las semejanzas entre ambas novelas
son tan numerosas y tan esenciales que suscitan la impresión de
que Crichton se plagia a sí mismo. Comencemos por los parecidos
estructurales: los dos relatos comienzan con una introducción de
carácter explícitamente científico, continúan
con un accidente inexplicable y hacen uso de técnicas narrativas
muy semejantes, encaminadas a la consecución y mantenimiento del
suspense. También podemos identificar muchas semejanzas en el diseño
y la distribución de los personajes: un grupo de científicos
aislados en territorio hostil (una constante de Crichton, que la utiliza
en Congo y Esfera), un millonario genial, propietario de
una empresa de alta tecnología, que ejerce una función de
demiurgo maléfico, en línea con el tipo novelesco del “científico
loco” o “el aprendiz de brujo”. Por último, existe
una clarísima semejanza en la utilización del concepto de
“parque temático”, que orienta las investigaciones de
las empresas retratadas en ambas novelas (InGen e ITC). Hay que admitir
que este concepto era uno de los rasgos más originales e innovadores
de Parque Jurásico (y también esto habría
que afirmarlo cum grano salis, pues el propio Crichton lo había
adelantado en su película Westworld), pero su presencia
en Rescate en el tiempo es mucho menos aceptable, incluso a pesar
de que el autor lo vincule a una reflexión crítica sobre
la manifiesta ignorancia de los hombres contemporáneos (singularmente
los norteamericanos) respecto al pasado histórico.
«
6. En espera de ese próximo
éxito cinematográfico (¿andará Spielberg
tras él?), Rescate en el tiempo ya ha desbordado los límites
del relato literario y entra de lleno en el ámbito de la industria
del ocio, como demuestra el hecho de que la novela haya inspirado un juego
de ordenador (Timeline) que está llamado a ser uno de los
principales atractivos del mercado a finales de este año 2000.
Por lo que he podido ver en la sede web de la empresa que desarrolla este
juego, la Timeline Computer Entertainment, la iniciativa cuenta con
la directa participación de Crichton, lo cual nos permite esbozar
una predicción: que finalmente no hará falta inventar una
máquina del tiempo que nos traslade a un parque temático
ambientado en el universo medieval de la Guerra de los Cien Años,
porque siempre tendremos a nuestra disposición un completo sucedáneo
virtual. «
7. Uno de los lemas con los que se
abre la novela, atribuido al ficticio profesor Johnston es: “Si uno
no sabe historia, no sabe nada”, idea que subyace a la sátira
de esos “pueblerinos temporales”, como se les llama en la novela,
que se jactan de su ignorancia histórica (véase, a este
respecto, la lección que imparte Marek a los visitantes del yacimiento
arquelógico, en las pp. 108-114). Esta sátira
también es perceptible, aunque no de un modo tan directo, al principio
de la sección principal de la novela (“Castelgard”),
donde asistimos a una serie de episodios tragicómicos que revelan
el desamparo y la incapacidad del hombre moderno en contacto con la realidad
medieval, incluso a pesar de las ayudas tecnológicas importadas
desde el presente. «
8. Véanse el episodio del torneo
medieval (pp. 285-287), en el que se revela lo inadecuado
de algunas reconstrucciones históricas, la descripción de
la decoración de un castillo francés del siglo XIV, donde
Crichton, astutamente, se permite inventar a sus anchas (pp. 293 y ss)
y, sobre todo, el relato desmitificador y burlón de dos de los
mitos sagrados de la historia norteamericana, tales como el discurso de
Lincoln en Gettysburg y el cruce del río Delaware por George Washington
(pp. 483-485). «
9. La traducción castellana
no ayuda mucho a afianzar la verosimilitud del relato en este aspecto.
No conozco el original en inglés, pero creo que las frases en “castellano
antiguo”, con las que al parecer se traduce el francés antiguo
del original son una mezcolanza muy poco convincente. Algo más
aceptables son los diálogos en latín, aunque en este caso
cabe desconfiar de la coincidencia (más que asombrosa, diría
yo) de que tanto los rudos señores de la guerra medievales como
los arqueólogos norteamericanos, separados por más de seiscientos
años de historia, hayan cursado planes de estudio semejantes.
«
10. La valoración del desenlace
tiene su enjundia, porque sobre él pesan otras influencias intertextuales
que sospecho presentes, pero que no he logrado precisar salvo en un caso,
tal vez no demasiado relevante. Se trata de la película Stargate
(no muy anterior a la novela de Crichton), la cual acaba de la misma manera
que Rescate en el tiempo, con un arqueólogo y lingüista
inadaptado a su tiempo y obsesionado por culturas antiguas, que, después
de verse implicado en una peripecia increíble, acaba renunciando
al mundo del presente con tal de tener la oportunidad de vivir en el tiempo
y con la mujer de su propia elección.
«
Para saber más
Los interesados en ahondar
en la vida y obra de Michael Crichton pueden utilizar las siguientes
fuentes de consulta:
- Sede web
oficial de Michael Crichton: para los acérrimos admiradores
del autor. Brillante diseño y gran cantidad de información,
aunque toda ella excesivamente convencional.
- Amazon.com: en
la sede web de esta gigantesca librería pueden encontrarse reseñas
(a menudo nada complacientes) de Rescate en el tiempo y otras
obras del autor.
Post
Scriptum
En
diciembre de 2003 ha llegado a las carteleras españolas la augurada
versión cinematográfica de Rescate en el tiempo.
Con el título de Timeline —que la distribuidora
española no se ha molestado en traducir al castellano, como parece
práctica habitual con los últimos éxitos de Hollywoord—
no viene firmada por Spielberg (me pasé de listo en mis predicciones),
sino por un veterano del cine de acción, Richard Donner. Y, bueno,
no es una maravilla, pero tampoco una birria. Entretiene sin chirriar
demasiado, aunque no pasará a la historia del cine por una puesta
en escena brillante, ni tampoco por lo acertado del reparto.
La adaptación cinematográfica, en cualquier caso, resulta
de tono menor y alcance muy limitado. No sé si por ausencia de
presupuesto o de talento, el guión no se ha arriesgado lo más
mínimo, pues ha preferido disminuir al mínimo la carga tecnológica
de la historia (que, ciertamente, era difícil de llevar a la pantalla
con verosimilitud) para centrarse en la imaginería medieval y en
los siempre agradecidos vericuetos sentimentales de la historia. Además,
el inexplicable empeño del guión por reducir las treinta
y siete horas de plazo con que cuentan los viajeros temporales de la novela
a sólo seis obliga a concentrar los acontecimientos de la trama,
lo cual da como resultado un apiñamiento absolutamente inverosímil.
Por último, el singular atractivo que para mí tenía
el Doninger de la novela se pierde por completo en su traslación
cinematográfica, a cargo de un desacertadísmo David Thewlis.
No es la mejor adaptación de las novelas de Crichton, desde luego.
Última actualización de la página:
6-12-2005
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