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La
ciencia ficción, dignificada:
Inteligencia Artificial, de Steven Spielberg
La última película de Steven Spielberg suscita en los espectadores
que hemos seguido desde hace años la carrera del cineasta norteamericano
una rara sensación. Es cierto que reconocemos en ella algunos de
sus temas y actitudes más característicos —una intensa
representación del universo de los afectos, el tono sentimental,
la visión del mundo a través de los ojos de un niño—,
pero al mismo tiempo nos cuesta aceptar esta parábola sobre la
condición humana, tan triste, tan desoladora, como expresión
de un autor a quien hemos venido identificando con los finales felices,
el optimismo y hasta cierta tendencia a la moralina. En este sentido,
creo que la reacción de la crítica ante Inteligencia
Artificial, que ha oscilado entre polos abismalmente opuestos1,
constituye un síntoma elocuente de la dificultad de comprender
en sus justos términos la propuesta de su director.
Tal vez las peculiares circunstancias en que se gestó el filme
—recordemos que está basado en un relato breve del novelista inglés
Brian W. Aldiss, “Supertoys last all summer long”2,
que Stanley Kubrick comenzó a desarrollar su adaptación
cinematográfica, desgraciadamente interrumpida por su fallecimiento,
y que Steven Spielberg se hizo cargo del proyecto, como homenaje al director
de Eyes wide shut— puedan explicar en parte algunos de sus rasgos
constitutivos. Ya que he invocado la indirecta paternidad de Kubrick,
no me parece inapropiado traer a colación el antecedente de 2001,
una odisea del espacio, filme que a mi entender ofrece un evidente
paralelismo con el de Spielberg, pues ambos comparten una misma intención:
la de aportar al género de la ciencia ficción un impulso
renovador3.
No puede sorprendernos tal propósito en un cineasta como Spielberg,
quien, a pesar de las reiteradas acusaciones de conformismo y adocenamiento
con que alguna crítica ha venido acogiendo las sucesivas entregas
de su cinematografía, ha demostrado a lo largo de los años
una innegable ambición creadora. Películas como Encuentros
en la tercera fase (1977), obra señera en la evolución
del género de la ciencia ficción4,
La lista de Schindler (1993), que quiso ser el filme definitivo sobre
el Holocausto, o Salvar al soldado Ryan (1998), auténtica
piedra miliaria en la trayectoria del cine bélico, demuestran su
deseo de dejar una huella perdurable sobre los géneros cinematográficos,
voluntad no muy distinta, por cierto, a la que durante toda su vida exhibió
Kubrick y que este último indudablemente reconoció cuando
decidió “legar” su proyecto a su colega norteamericano.
Hablando de ambición creativa, qué mejor muestra que Inteligencia
Artificial, donde se dan cita casi todos los motivos temáticos
que definen la ciencia ficción moderna —los avances científicos
y tecnológicos en campos como la informática y la ingeniería
genética, la ambigua relación de amor-odio entre humanos
y robots, las catástrofes provocadas por la arrogancia tecnológica,
la alienación del individuo en una sociedad que ha olvidado las
señas distintivas de lo humano, la intervención salvífica
de los extraterrestres, el urbanismo delirante, las ubicuas y omnímodas
naves áereas, el sexo como mercancía destinada a aliviar
la neurosis—, expresados a través de un tratamiento icónico
que bebe en fuentes de lo más variado y aun heterogéneo:
la perfeccionista frialdad kubrickiana de 2001, una odisea del espacio,
la atmósfera abigarrada, sincrética y barroca de Blade
Runner, los escenarios cibernético-orgánicos de Trön,
las especulaciones climáticas de Waterworld, las parábolas
sobre la crueldad humana de Rollerball o Almas de metal
y, por supuesto, las visiones extáticas del encuentro con los seres
extraterrestres, tan del gusto del propio Spielberg en películas
como Encuentros en la tercera fase o E.T. Si todos esos
motivos y estilos cobran unidad es porque Spielberg los engarza hábilmente
alrededor de un núcleo central —el de la búsqueda de la
felicidad, de la salvación personal, aquí protagonizada
por un niño androide que desea ser más humano que los propios
humanos—, que domina perfectamente, pues constituye el hilo conductor
de muchas de sus obras anteriores, como El color púrpura
(1985) El imperio del sol (1987), Always (1989), La lista
de Schindler (1993), Salvad al soldado Ryan (1998), etc. El
hecho de que el argumento reúna, además, motivos claramente
emparentados con el cuento folklórico y los cuentos infantiles
—el abandono del niño en el bosque, la peregrinación en
busca del fin del mundo, el hada buena, los augurios, los muñecos
animados que acompañan al protagonista, los hechos de carácter
milagroso— permite situar a Inteligencia Artificial dentro de las
constantes de un director que ha dado reiteradas muestras de su interés
por la revisión y actualización de las tradiciones de la
narrativa infantil5.
He comentado al principio de esta reseña la variedad estilística
de Inteligencia Artificial, y debo insistir ahora en que este es
una característica que, a diferencia de lo que ocurre en tantas
muestras contemporáneas del género, no se fundamenta en
el capricho del director o en el afán de deslumbrar al público.
Por el contrario, los cambios de estilo se
hallan en directa correspondencia con la estructura del filme y el desarrollo
del argumento. Los tres grandes bloques narrativos en que podemos dividir
el argumento —primero, en el que se narra la convivencia del niño
androide David con su familia adoptiva, hasta que su madre decide abandonarlo
en un bosque; segundo, en el cual se suceden el encuentro con el androide
de placer Gigoló Joe, su captura para ser exterminado en la Feria
de Carne, la huida de este monstruoso circo y la búsqueda del Hada
Azul en ese paraíso del neón que es Rouge City, una especie
de Las Vegas elevada a la enésima potencia; y, tercero, el viaje
hacia “el fin del mundo”, un Manhattan sumergido en el océano
y finalmente congelado en el hielo, donde David recibe respuesta a su
invencible deseo de ser “un niño de verdad”— se corresponden
con muy notorios cambios de estilo: elegantísima, luminosa y depurada
la primera parte (con algo de la típica frialdad y el perfeccionismo
a ultranza que siempre caracterizaron el cine de Kubrick), nocturna, barroca
y efectista la segunda (con homenajes evidentes a Blade Runner,
a Metrópolis, incluso a Trön), delicada y fantástica,
hasta acercarse casi al territorio de la epifanía, de la revelación,
la tercera.
No acabo de estar seguro —una vez finalizada la película obtuve
sensaciones contrapuestas— de que la integración de estos tres
bloques en una unidad sea completamente satisfactoria. No puede dudarse
de que la presencia del androide-niño David, abrumadora a lo largo
de casi todo el filme, concede unidad a una peripecia presidida por la
búsqueda del sentido (el deseo de convertirse en un ser humano
y recuperar el amor de su madre), pero tampoco podemos pasar de largo
el hecho de que algunos aspectos de la historia —pienso en particular
en las escasas apariciones del creador de David, el profesor Hobby, a
quien encarna ese siempre interesante actor que es William Hurt, aquí
en una de esas creaciones tan suyas, entre la vulnerabilidad y la introspección—
resultan desvaídos, incompletos, como si el director no se hubiera
atrevido a explotar a fondo sus posibilidades. Esta carencia me parece
de singular importancia, ya que la función del profesor Hobby en
la trama —no sólo es el padre intelectual de David, pues fue quien
ideó el proyecto de un androide programado para amar, sino también
un hombre que, en una semejanza invertida respecto a su criatura, intenta
el imposible milagro de recuperar al hijo perdido a través de su
encarnación en un ser biomecánico— ofrece unas posibilidades
dramáticas que resultan desaprovechadas por la insistencia de Spielberg
en abordarlas desde una perspectiva algo limitada. La eventual dimensión
afectiva, sicológica y hasta metafísica de la relación
del profesor Hobby con David —que, en la escalofriante escena en la que
el niño decapita a uno de sus clones, parece apuntar
algún signo de la rebelión de la criatura contra su creador,
como un eco algo lejano de Blade Runner y el enfrentamiento entre
el androide Roy Batty y su diseñador, el doctor Tyrell—, apenas
queda apuntada y en su lugar el incidente apenas si trasciende de la categoría,
poco satisfactoria, de una rabieta infantil.
Tampoco la película extrae todas sus jugosas posibilidades a otro
personaje de enorme potencial, ese androide de placer llamado Gigoló
Joe (no me resisto a invocar otra vez el antecedente de la seductora y
vulnerable Pris, que interpretó Daryl Hannah en Blade Runner),
representado por un brillantísimo Jude Law. Su erotismo a un mismo
tiempo seductor y cínico, su inteligencia inhumana, capaz de analizar
hasta sus últimas consecuencias las fragilidades y debilidades
de los humanos, con un discurso dotado de una retórica implacable,
desengañada y lúcida —son profundamente inquietantes sus
palabras a la entrada de una capilla, en Rouge City, cuando reflexiona
sobre el sentido de la experiencia religiosa en los humanos— constituyen
uno de los principales atractivos de la segunda parte y el comienzo de
la tercera, hasta el punto de que su desaparición de la escena
afecta, yo creo que negativamente (y conste que no discuto la justificación
de esta pérdida en base al guión), al desarrollo posterior
de la historia, a su densidad e impacto global sobre el espectador.
Pero incluso si aceptamos que ciertos elementos temáticos aparecen
desdibujados, o que algunos personajes quedan algo aislados en el conjunto,
habrá que afirmar en cambio que la línea argumental principal
se sostiene en pie con eficacia no sólo por la intensidad emotiva
de sus planteamientos, sino, sobre todo, gracias a la actuación
maravillosa del actor principal, el mismo Haley Joel Osment que a todos
nos impresionó con su sobrecogedor papel en El sexto sentido.
Indudablemente, su representación es espléndida, pero es
que además tiene un valor estructural, configurador del sentido
e intención de la película, ya que una parte sustancial
del filme se constituye a partir de su mirada, una mirada intensísima,
de una fijeza casi sobrehumana (creo haber leído que lo más
difícil para este joven actor fue aprender a no parpadear), pero
al mismo tiempo de una calidez y ternura inmensas. A lo largo de la película,
y sobre todo en su primer tercio, la cámara se deleita en ofrecernos
una y otra vez planos centrados en el rostro de David (algunos de ellos
basados en encuadres sorprendentes o en reflejos especulares muy hermosos),
en los que el espectador capta el deseo de amor y humanidad del personaje,
su enorme capacidad de entrega a la tarea para la que ha sido programado.
Esta mirada inocente y tierna se transforma en gesto de horror estupefacto
en la segunda parte, a lo largo de la cual abundan los episodios —la rebusca
de los androides estropeados entre los montones de basura cibernética,
a la caza de piezas de repuesto para sus menguadas anatomías, la
Feria de Carne, monstruosa actualización del circo romano, con
sus inventivos tormentos y su desaforada y obscena crueldad, las alienantes
diversiones de esa antología del kitsch que es Rouge City—
que retratan el mundo de los hombres como una pesadilla bárbara,
o como una feria de las vanidades estúpida y banal. Que el personaje
de David —en una especie de traición a su propia raza que no debería
pasarnos desapercibida— reclame su pertenencia a la misma humanidad cuyos
modelos son la masa vociferante que asiste a la Feria de Carne, o los
lujuriosos adolescentes a los que Gigoló Joe seduce con la proyección
del holograma de una stripteaser, subraya no solo el patetismo
esencial del personaje, sino también la dimensión crítica
de la película, su desoladora y terriblemente amarga verdad.
Esa verdad no es otra que el hecho
de que en Inteligencia Artificial sólo los androides, “los
mecas”, se aproximan a la idea de humanidad. Frente al egoísmo,
la crueldad y la indiferencia ante el dolor ajeno de los hombres de carne
y hueso (cuya maldad se revela en la ya mencionada secuencia del descuartizamiento
público de los androides, asombrosa transcripción futurista
del circo romano o las ejecuciones medievales), los seres mecánicos
muestran las virtudes propias de lo humano: la lealtad, la solidaridad,
la inteligencia, la compasión. Habría que precisar, no obstante,
que la película no se identifica con el tópico tan característico
de la ciencia ficción clásica, de que los androides son
algo así como superhombres destinados a convertirse en los sucesores
evolutivos del homo sapiens, pues a pesar de la constante aproximación
afectiva a su condición de “personas”, la historia
subraya a menudo la radical inhumanidad de los “mecas”. No
me refiero sólo a que éstos aparezcan dotados de atributos
sobrehumanos —energía infinita, duración
ilimitada—, o a que se subraye su entidad irremediablemente
mecánica hasta el punto de la comicidad, como ocurre en la secuencia
en que David ingiere una ensalada con el exclusivo propósito de
imitar a su “hermano”, lo cual avería gravemente sus
circuitos. Más importante que esos detalles me parece otro rasgo,
una peculiar combinación de impasibilidad ante el propio sufrimiento
(las ejecuciones públicas de la Feria de Carne sólo suscitan
en los androides, excepto en el modelo avanzado que es David, una melancólica
aceptación de lo inevitable) y de testarudez, conducta esta última
que aparece llevada a una expresión hiperbólica —nada
menos que dos mil años de inútiles súplicas—
en el comportamiento del niño, tras encontrar la figura del Hada
Azul bajo la noria sumergida de la feria de Coney Island.
La misión de suceder a los seres humanos en la escala evolutiva
no les corresponde a los androides, por mucho que en la programación
cibernética de David se hayan plasmado todas las virtudes que deberían
caracterizar a la auténtica condición humana, por mucho
que el espectador se identifique con sus anhelo imposible de amor. El
peregrinaje del niño en busca de la adquisición de la humanidad
—en realidad, una suerte de búsqueda de la salvación,
que está en la raíz de abundantes mitos y relatos sagrados—
finaliza con la revelación de una entidad superior, con una epifanía
no religiosa —pero tampoco laica— que Spielberg
ya expresó hace bastantes años, entonces con ciertos toques
de espectacularidad hippie y hasta de delirio psicotrópico,
en Encuentros en la tercera fase. La intervención de los
extraterrestres en el tramo final de Inteligencia Artificial —a
través de una representación absolutamente estilizada,
entre angélica y surrealista, que recuerda a las esculturas de
Alberto Giacometti o las pinturas de Giorgio de Chirico—,
y que tan injustificable, por blanda y sentimental, ha parecido a más
de un crítico, vendría a representar, creo yo, una propuesta
(sólo en apariencia satisfactoria y feliz) de resolver la dualidad
humanos-androides a la que acabo de referirme. A través de esa
propuesta, el director nos proporciona consuelo, aunque sea un consuelo
parcial y en definitiva ilusorio, a la absoluta devastación física
y moral con que se retrata el destino de la humanidad.
Entramos, como se ve, en el terreno más resbaladizo de la película,
aquél en el que la recepción del público y de la
crítica ha sido más diversa. Aun a pesar de que estoy convencido
de que Spielberg ha conseguido una película muy sólida tanto
en su planteamiento como en su ejecución, me sentiría tentado
a reconocer que su tramo final puede resultar para muchos espectadores
—he mantenido más de una polémica a este respecto— excesivamente
denso, aburrido incluso, pues el argumento se desarrolla en una dimensión
de alejamiento de la realidad, de ajenidad (un rasgo característico
de la mejor ciencia ficción, por cierto, que a menudo no suele
ser comprendido), que puede conducir también a la frialdad y el
rechazo por parte del público. Pero lo que ya no me parece tan
admisible son las valoraciones denigratorias de la cinta en función
del supuesto carácter “ternurista”, “ñono”
o sensiblero de su desenlace. El lector me perdonará que descubra
el final, pero ¿cómo se puede considerar fácil o
cómodo el hecho de que un niño se congele bajo las aguas
del mar, tras dos mil años (se dice pronto) de frenéticos
e inútiles ruegos, para obtener la resurrección momentánea
de su madre durante un único día improrrogable? ¿Qué
“fácil” consuelo podemos encontrar en la idea de una
especie inteligente exterminada por su propia vanidad, cuyo único
superviviente es una máquina que con infinito patetismo reclama
una humanidad ya del todo imposible? ¿Qué “fácil”
alegría proporciona la intervención de unos extraterrestres
de aspecto humanoide, que reconocen el genio de nuestra especie sólo
para certificar con mayor pesadumbre su irrecuperable extinción?
Desenlace más amargo y pesimista no lo hemos visto nunca en Spielberg,
y dudo mucho que en ningún otro cineasta contemporáneo.
Ya sé que estas reflexiones se le resisten a un sector del público,
que identifica la ciencia ficción con los juegos de matar marcianos,
o que está convencido de que la reflexión sobre el sentido
de la vida sólo está al alcance de plúmbeos productos
europeos, cuando no de remotas cinematografías emergentes. Lo que
resulta más grave es que tales prejuicios subsistan aún
en ciertos ámbitos de la crítica, permanentemente refugiados
en un concepto elitista y algo rancio del espectáculo cinematográfico.
Incluso los espectadores
más renuentes a aceptar la trascendencia de su película
tendrán que admitir que Spielberg nos ofrece en Inteligencia
Artificial muchos momentos de un cine de indudable brillantez, que
oscila entre el intimismo y la ternura, por un lado, y la representación
de una realidad alucinada o delirante, por otro. Entre las secuencias
características del primer tipo, cabría destacar la inicial,
de un humor soterrado, en que el personaje que encarna William Hurt expone
ante una audiencia de absortos científicos su intención
de construir un robot que sea capaz de amar; o la escena, de enorme y
delicada emotividad, en la que Monica, la madre de David, procede a la
activación de los afectos del niño mediante un moroso protocolo
de impronta, o la amarga secuencia en que David advierte, en presencia
de una larga fila de androides en construcción, todos ellos idénticos,
que su individualidad no es tal. En la segunda categoría también
anotamos algunos momentos inolvidables: la secuencia, entre siniestra
y surrealista, en que los desgraciados androides condenados al exterminio
se afanan en la búsqueda de piezas de recambio; el apabullante
y frenético episodio de la Feria de Carne; la insólita búsqueda
de información —una secuencia aparentemente
“naif”, que más parecería propia de un filme
de dibujos animados— en ese oráculo futurista
que es el establecimiento del Dr. Know en Rouge City. Y qué decir
de esa visión apocalíptica, de perfección sublime
y un intenso tono onírico, de la isla de Manhattan cubierta por
las olas del Atlántico, con la Estatua de la Libertad sumergida
entre aguas negras de las que sólo sobresale la mano con la antorcha,
con inmensos edificios que parecen surgidos de un sueño, adornados
por gárgolas en forma de leones, que vomitan por sus fauces monstruosos
chorros de agua, y con panorámicas de las avenidas neoyorkinas
convertidas en seracs de un glaciar de pesadilla, entre los que
destacan las afiladas aristas de un arruinado edificio Chrysler...
No quiero finalizar esta reseña sin hacer al menos una breve mención
a la magnífica banda sonora de John Williams, quien realiza con
ella su decimoséptima colaboración con Spielberg. Una relación
tan dilatada y fructífera sólo puede concebirse a partir
de un perfecto entendimiento entre ambos creadores. Y, en efecto, la partitura
de Williams se adapta como un guante al tono melancólico y con
frecuencia sombrío de la historia, sin perder por ello su maravillosa
capacidad de encantamiento y sugerencia. Así, podemos disfrutar
de la intensidad dramática de temas como “The mecha world”,
“Abandoned in the woods”, o “Rouge City”, los tonos
grotescos de “The moon rising”, la desnudez casi minimalista
de “Hide and seek”, la elegancia etérea de “Monica's
Theme” y la más apasionada belleza en “The search for
the blue fairy” y “Where dreams are born”. Este tema vocal,
que interpreta la soprano Barbara Booney mientras se proyectan en la pantalla
los títulos de crédito, deja en la memoria del espectador
una música de estremecedora sutileza y melancólico lirismo,
que sin lugar a dudas permiten considerarla como una de las piezas de
más honda hermosura de toda la enorme producción musical
de su autor.
La emoción, la intensísima y exquisita melancolía
que produce en el ánimo del espectador esta “utopía
de los sentimientos”, por utilizar las palabras de Vicente Molina Foix, es seguramente el activo principal
de una película que, con sus imperfecciones y desequilibrios, está
llamada a convertirse en un clásico del género. Estoy convencido
de que el tiempo pondrá esta historia en su correcta perspectiva,
como lo ha hecho con obras como 2001 o Blade Runner, que
ahora nos parecen indiscutibles, pero que fueron acogidas en su momento
con muchas reticencias. No creo que sea ninguna exageración afirmar
que Inteligencia Artificial se encuentra a la altura de cualquiera
de ellas. Y creo además que Spielberg marca un interesante camino
al proponer para la evolución futura de la ciencia ficción
un tratamiento de los sentimientos que, sin prescindir del recurso a la
imaginación visual, los efectos especiales, la utilería
tecnológica, los integra junto con aquellos en una unidad de sentido.
Todos los recursos del espectáculo al servicio de emociones legítimas
y sinceras, nada más y nada menos.
Notas
1.
Valoraciones muy positivas son, por ejemplo, la de Tomás Fernández
Valentí, quien considera el filme como “una obra maestra
y la mejor película de su director” (“El complejo de
Pinocho”, Dirigido por, 304, septiembre 2001, pp. 44-47);
y la de Vicente Molina Foix, para el que se trata de una “maravillosa
película que cierra —veinte años después
de ET y Encuentros en la tercera fase—
la gran trilogía sobre la alteridad y los fantasmas de una utopía
de los sentimientos” (“Kubrick en la cocina”, El País,
11-X-2001). Por el contrario, Ángel Fernández Santos
cree que la película pierde gran parte de su categoría como
consecuencia de “la condición ramplona del ternurista y aparatoso
happy end”; (“Entre lo mejor a lo peor”, El País,
21-IX-2001); en este mismo sentido apuntan las observaciones de Laura
Conde, en el portal Telépolis: “el elegante cinismo de Kubrick
se hubiese ofendido ante el lacrimógeno final ñoño
de la factoría Spielberg”.
«
2. Se trata de un cuento de apenas
diez páginas, que apareció por primera vez en la revista
Harper's Bazaar en diciembre de 1969. Puede leerse en castellano
en una reciente recopilación: Los superjuguetes duran todo el
verano y otras historias del futuro, Barcelona, Plaza y Janés,
2001, en la que se incluyen otros dos relatos posteriores con los mismos
protagonistas —“Los superjuguetes cuando llega el invierno”
y “Los superjuguetes en otras estaciones”—, así como
un interesante prólogo, titulado “Intentar complacer”.
En él detalla Brian Aldiss las circunstancias de su no siempre
fácil relación con Kubrick y los pormenores de la adaptación
cinematográfica, en cuyo desarrollo parece evidente que han influido
no sólo el cuento inicial, sino los otros dos; por ejemplo, episodios
como el de los androides a la busca de piezas de recambio y aquél
en que David descubre que hay cientos de copias idénticas a sí
mismo están tomados del tercero de los textos.
«
3. No es preciso insistir demasiado
en lo que significó 2001 para la dignificación de
un género que hasta aquel momento se había movido casi siempre
en los suburbios de las series B. Por otra parte, hay bastantes críticos
que sostienen que el cine de ciencia ficción padece en estas últimas
décadas un prolongado anquilosamiento; es la opinión, por
ejemplo, de Joan Bassa y Ramon Freixas, en su libro El cine de ciencia
ficción, Barcelona, Paidós (Col. “Paidós
Studio”, 101), 1997, del que cito un fragmento revelador: “el
repaso a los mitos del género nos lleva a conclusiones taxativas,
ciertamente pesimistas, acerca de su futuro. Si la innovación resulta
ya imposible, estos mitos han cumplido ya con su función; su supervivencia
resulta tan superflua como absurda. La única alternativa radica
en la confección de nuevos mitos que les sustituyan y ocupen el
espacio ahora vacío (p. 184). «
4. Encuentros en la tercera fase
(1977) —una de mis películas favoritas en el
género de la ciencia-ficción— es un filme
descomunal en muchos sentidos, una especie de apoteosis del tema de los
extraterrestres, de dimensiones voluntariamente hiperbólicas y
cuasi místicas que poco tienen que ver con Inteligencia Artificial,
película mucho más discreta y contenida, pero también
tocada por un cierto tono visionario y hasta profético.
«
5. Pensemos en títulos como
E.T., Hook o la saga de Indiana Jones, por no hablar de
otras muchas películas que, sin estar firmadas por Spielberg, cuentan
con su concurso en tareas de producción, tales como Los gremlins,
Los goonies, Casper, Shrek y tantas otras. Dicho
esto, hay que destacar que Inteligencia Artificial revela una notable
evolución de la cinematografía spielbergiana de temática
infantil hacia planteamientos más adultos y también mucho
más amargos. Esta evolución puede observarse en multitud
de aspectos, pero quisiera fijarme en uno de ellos —el personaje del osito
de peluche Teddy, que ya aparece en el cuento de Brian Aldiss—, ya que
demuestra con claridad esa transformación a la que acabo de referirme.
La tentación del tópico sentimental estaba muy próxima,
pues no en vano se trata de un fetiche de la cultura popular norteamericana.
Además, las analogías con el Pinocho de Claudio Collodi,
o con la adaptación cinematográfica que de él hiciera
Walt Disney en 1940, son casi inevitables, como han puesto de relieve
muchos críticos (Aldiss señala en el prólogo a Los
superjuguetes duran todo el verano que no fue consciente del paralelismo,
que desde luego es mucho más evidente en la película que
en el cuento). Sin embargo, Spielberg ha preferido dotar al muñeco
de atributos que poco tienen que ver con el Pepito Grillo de Pinocho
y mucho menos todavía con otros personajes similares de sus producciones
ateriores (recordemos, por ejemplo, a los adorables gremlins “buenos”).
El osito Teddy, con su voz cascada y escéptica, tan poco infantil,
constituye un personaje serio y profundo sin perder al mismo tiempo su
carácter entrañable, y con sus consejos llenos de buen sentido
representa algo así como el necesario punto de vista escéptico
que se opone al absoluto idealismo del protagonista. «
Para saber más
Internet alberga gran cantidad de información para quien desee
completar sus conocimientos sobre Spielberg e Inteligencia Artificial.
He aquí unos cuantos enlaces:
- Web oficial de Inteligencia Artificial:
tan bella como sofisticada, con uno de los diseños más
logrados de los que he visto en los últimos meses.
- The Official
Brian W. Aldiss Web Site: web del autor de “Los superjuguetes
duran todo el verano”, uno de los escritores de ciencia ficción
más importantes del Reino Unido, con una completa bio-bibliografía,
información sobre sus obras de ficción y no ficción,
foros de discusión, etc. En la sección de crítica
puede leerse (en inglés) un completísimo análisis
del cuento en el que está basada la película de Spielberg.
- Steven
Spielberg Directory: información muy abundante sobre el director
y su obra, con comentarios y análisis de sus obras de gran profundidad
(en inglés).
- Cine Fantástico
y Cienciaficcion.org:
dos webs imprescindibles para el aficionado a estos géneros;
la información no tiene excesivo alcance, pero abarca gran cantidad
de autores y títulos.
- The
Unnoficial John Williams Home Page: extraordinaria web, con una
documentación verdaderamente enciclopédica sobre el compositor
y su obra (lástima que el análisis sobre A.I.
todavía no haya sido incluida en ella). Para suplir esta carencia,
puede verse una completísima reseña de esta banda sonora
en Tracksounds.com
(en inglés).
Última actualización de la página:
6-12-2005
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