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Un
nuevo desfile de los monstruos:
Hannibal, de Ridley Scott
En la primavera de 1995, Antonio Muñoz
Molina y Javier Marías mantuvieron en las páginas del diario
El País una interesante polémica a propósito
del filme Pulp Fiction, de Quentin Tarantino. La discusión
giraba en torno a si la valoración de una obra artística
puede prescindir de la posición ética que ésta adopta,
y en particular de cómo influye en dicha valoración la perspectiva
con la que las obra de arte aborda el tratamiento de la violencia1.
Creo que no viene mal evocar los términos de aquella discusión,
ya que ambos escritores han vuelto a exponer sus opiniones al tratar sobre
Hannibal, de Ridley Scott, un filme que, al igual que Pulp Fiction,
muestra una muy evidente complacencia ante la violencia y el sufrimiento
humano2.
La lectura del reciente artículo de Muñoz Molina refrendó
las opiniones que yo me había formado unos días antes, cuando
asistí a la proyección de la secuela de El silencio de
los corderos, y me ayudó también a cobrar el impulso
necesario para abordar una reseña que, en gran medida, me resultaba
muy antipática de escribir. Habrán comprobado mis sufridos
lectores que no suelo dedicarme a poner verde al prójimo (tal vez
la única excepción, y aun así parcial, sea mi comentario
de La carta esférica, de Arturo
Pérez-Reverte); entonces, ¿por qué perder tiempo
en hacer sangre de una película que —lo confieso bien
a las claras— no me gustó en absoluto? La respuesta parece inevitable:
porque Hannibal no es una mera creación fallida o imperfecta
que se puede despachar con displicencia y media docena de adjetivos volcánicos
—de hecho, reúne méritos para convertirse en
un éxito de público y (cierta) crítica—, sino un
producto brillante, atractivo, pero al mismo tiempo portador de un “mensaje”
tanto más criticable por cuanto se transmite a través de
un código de innegable perfección formal, y dentro de una
campaña comercial que manipula de forma tendenciosa su condición
de secuela de aquella interesante película que fue El silencio
de los corderos (1991).
Soy muy consciente de que estas líneas que acabo de escribir constituyen
el paradigma de lo que en nuestro muy sensible panorama cultural se considera
inaceptable. Ya veo a algunos (y a algunas, vamos a ser políticamente
correctos), proclamar a los cuatro vientos su indignación porque
un fulano reaccionario se atreve a dar lecciones de moral. ¿Dónde
queda la libertad del artista? —se preguntarán—, ¿por
qué ignora este “crítico” cerril la potencia
transgresora de Hannibal?, ¿cómo es tan imbécil
para no valorar una película que despierta al espectador de su
impasible comodidad y logra enfrentarlo con sus deseos más ocultos,
con sus fantasías más reprimidas?
Lo cierto es que no ignoro todo esto; de hecho, admito que Hannibal
es un filme que provoca la fascinación del público y que
consigue que se remueva inquieto en su asiento (a más de uno conseguirá
removerle el estómago, además). Doy por supuesto también
que Ridley Scott tiene todo el derecho a hacer el cine que le dé
la gana, el cual, de paso, consigue engrosar su cuenta corriente y la
de la productora, en una línea de éxito que cuenta como
más próximo antecedente a la también bastante tramposa
Gladiator. No se trata de comenzar
ahora a poner trabas a la libertad de expresión, ni de favorecer
el regreso a nuestras pantallas de la odiosa censura. Lo que pretendo
es denunciar los excesos de una película que no sólo consagra
como protagonista a un monstruo —eso resulta casi inocente
en nuestros días—, sino que además se permite el lujo de
convertirlo en poco menos que en un superhombre o en un semidiós
a quien le están toleradas todas las formas de crueldad, de barbarie
y de desprecio por el sufrimiento humano, eso sí, siempre que sean
exhibidas con elegantes gestos de cinismo y adornadas con pujos de exquisitez
libresca, musical y culinaria.
Algo de esto debió de olerse Jonathan Demme, director de El
silencio de los corderos, quien según he leído declinó
participar en su secuela, al parecer porque consideró el guión
excesivamente violento. A tenor de lo que yo vi hace unos cuantos días
en la pantalla, no cabe sino darle toda la razón. Y, por el contrario,
hay que responsabilizar a la campaña de promoción de la
película —Ridley Scott y Anthony Hopkins como figuras
señeras— por promover la confusión del público con
argumentos absolutamente pueriles, cuando no reaccionarios y fascistoides,
que intentan defender lo indefendible, a saber: que el doctor Hannibal
Lecter es un personaje apasionante porque no es un hombre común,
no es un individuo adocenado y mediocre3.
Utilizando el mismo argumento, ya puesto en solfa por Muñoz Molina
en su artículo, también podrían haber exaltado la
originalidad creativa de Hitler.
¿Es ese Hannibal Lecter tan atrayente e inolvidable como la campaña
de promoción y cierto sector de la crítica han subrayado4?
Si mi opinión vale de algo, en absoluto. No cabe ninguna duda de
que, como creación actoral de Hopkins, el psiquiatra caníbal
merece figurar en el museo de los horrores del cine contemporáneo.
Sin embargo, ya desde su primera aparición en escena5
el personaje se caracterizaba por una frialdad inhumana que nos provocaba
a muchos espectadores un estremecimiento de estupefacción y rechazo.
Tal cosa ocurría en El silencio de los corderos, donde en
todo caso podíamos identificarnos con personajes de una humanidad
“normal”, como los que interpretaban Jodie Foster (Clarice Starling) y
Scott Glenn (el ejecutivo del FBI Jack Crawford, para mí el personaje
más interesante de aquel filme), y situar las bestialidades de
Lecter en la perspectiva más amplia de su (interesada) contribución
al triunfo de la justicia. ¿Pero a quién recurrir en Hannibal,
en busca de la seguridad que tanto echamos de menos en presencia del sanguinario
psiquiatra? A nadie, absolutamente a nadie; estamos desamparados, indefensos,
ante un elenco de personajes que constituyen un nuevo desfile de monstruos,
una galería de freaks que sólo puede provocar una
inevitable repulsión.
Ya oigo las protestas: “¡pero usted se olvida de la heroína,
de la agente Clarice Starling!”. Pues siento decir que la configuración
de este personaje no me causa un especial entusiasmo. La fragilidad, la
vulnerabilidad, la particular combinación de ambición y
sentido de la decencia que tan bien comunicaba Jodie Foster se han perdido
totalmente en manos de una actriz como Julianne Moore, cuyo físico
y cuyos diálogos están más próximos a los
de un descargador de muelles que a los de su diminuta antecesora. Por
otro lado, ¿cómo va a simpatizar el espectador con la Starling,
por muy injustamente que haya sido obligada a abandonar su placa y su
pistola (¡otra vez nos encontramos con ese magnífico tópico,
elevado por el cine norteamericano a un símbolo excelso de la reciedumbre
moral!), tras su polémica intervención en la sangrienta
secuencia-prólogo?; ¿cómo va a identificarse con
ella cuando le oye decir que la oficina local del Guiness Book of Records
la ha distinguido con el título de “la agente femenina del
FBI en activo con más víctimas en su haber”? Las humanas
debilidades —el miedo, la inseguridad, la inexperiencia—
que tan atractiva hicieron a la Clarice Starling de El silencio de
los corderos se han transformado aquí en un tosco remedo de
la masculinidad y en una agresividad que sólo son el envoltorio
convencional y “moderno” (claro, han pasado diez años,
y la chica ya no es aquella voluntariosa colegiala que fascinaba a Jack
Crawford) del papel nada airoso de un dominguillo, de un tentetieso que
se limita a encajar con gesto enérgico los sucesivos golpes que
le propinan los muchos monstruos con los que se ve obligada a convivir.
Y hay que admitir que es un buen grupo, comenzando por Barney, el enfermero
negro que cuidaba a Lecter, y el detective italiano Rinaldo Pazzi (magnífico
Giancarlo Giannini, en un papel al que comunica un vigoroso escepticismo
que tal mal queda pagado en la historia), los cuales comparten idéntico
deseo por sacar tajada del caníbal; continuando con la sonrisa
de hiena del también corrupto agente Paul Krendler, el superior
de Starling en el Ministerio de Justicia (un Ray Liotta por otra parte
tan sólido y verosímil como de costumbre, capaz, en la secuencia
de la cena final, de representar con singular eficacia la mirada de borrego
de un hombre lobotomizado in vivo), o con el médico privado
del millonario Mason Verger (Zeljko Ivanek, un actor con un aspecto gélido
que justifica plenamente el ejercicio de la más fría y cruel
deslealtad por parte de su personaje); y finalizando en el propio Verger,
(¡irreconocible Gary Oldman!), cuya fealdad y persistencia en la
planificación de su hiperbólica venganza recuerdan más
a los personajes de cómic o a los archimalvados de las películas
de James Bond que a un villano real que el espectador pueda tomarse en
serio.
Toda esta cuadrilla queda por supuesto en ridículo ante las “hazañas”
del sádico doctor Lecter, a quien Anthony Hopkins vuelve a hacer
objeto de su impagable talento (asombrosa la versatilidad de un intérprete
que puede representar con idéntica perfección al tímido
C.S. Lewis de Tierra de penumbras o al estoico mayordomo Stevens
de Lo que queda del día y a este bestial antropófago).
Para el aficionado al séptimo arte no constituye ninguna sorpresa
la soberbia (en todos los sentidos de la palabra) actuación de
Hopkins, aunque tal vez sí la transformación que ha experimentado
su personaje, desde un papel secundario en El silencio de los corderos,
hasta las elevadísimas alturas donde mora esta especie de héroe
del mal.
Una lectura del personaje a nivel simbólico hace evidente la intención
de los guionistas y del director para convertir a Lecter en una criatura
demiúrgica, dotada con los atributos de la divinidad: la omnipotencia
(lee los pensamientos, adivina las intenciones y consigue matar con la
única intervención de la palabra, habilidad que ya aparecía
descrita en El silencio de los corderos con el suicidio inducido
de Miggs, uno de sus camaradas de manicomio, y que ahora comprobamos en
la tremenda secuencia en que el médico privado de Mason Verger
arroja al millonario al “foso” de los jabalíes carnívoros),
la invisibilidad y
la ubicuidad (es capaz de camuflar su presencia y hasta sus huellas dactilares
a los investigadores más sagaces), el dominio eficaz de la muerte
(quizás la escena más impresionante a este respecto sea
el asesinato del carterista que sigue sus pasos), y, por supuesto, la
sabiduría (que se ilustra en la película con un despliegue
de expertos conocimientos en arte, literatura, perfumería, gastronomía,
farmacopea y cirugía). El guión se atreve incluso a sugerir
una dimensión sacrificial en la conducta del personaje, como en
la secuencia final, en que para escapar de la captura automutila su cuerpo.
Por otro lado, la puesta en escena subraya las connotaciones religiosas
que en ciertos momentos rodean la actuación del personaje; así,
por ejemplo, cuando los esbirros de Mason Verger conducen a Lecter al
escenario de su suplicio, el psiquiatra aparece atado a un andamiaje en
forma de cruz, del que oportunamente le rescata Clarice con gestos y posturas
que casi evocan la escena del Descendimiento (habrá que recordar,
a este respecto, la afición de Lecter a la iconografía religiosa,
como demuestra su célebre performance con el policía
destripado y “crucificado”, en El silencio de los corderos).
Este pesado tejido de alusiones y simbolismos, muy propio de un cine
tan estilizado como el de Ridley Scott, podría ser un motivo para
avalar el mérito de la película si no fuera por el contexto
moral en que aparece, que sólo cabe definir como absolutamente
cínico. En efecto, el director los presenta no ya con impasibilidad,
sino con notoria complacencia, expresada a través de un barroquismo
descriptivo que en algunos momentos (los interiores palaciegos florentinos
de la primera parte, que inevitablemente nos recuerdan a los recargados
escenarios de Blade Runner, Legend o Black Rain)
se hace asfixiante. Pero es que además la actuación de Lecter
apenas suscita en la película ningún reproche que no sea
puramente formulario; sus propias víctimas —Pazzi,
el policía italiano abierto en canal y colgado de la ventana como
su antepasado renacentista, el agente del FBI Paul Krendler, obligado
a devorarse a sí mismo, o el desgraciado ladronzuelo florentino,
que incluso en el momento supremo de la agonía ignora qué
le ha ocurrido— asisten a su destrucción desde la más completa
impotencia, incapacitados no ya para defenderse, sino incluso para musitar
el más leve reproche. A tenor del desarrollo de la película
y de su final, estos episodios de horrible sufrimiento sólo constituyen
en Hannibal un instrumento de seducción de un público
ávido de identificarse con la exquisitez de Lecter (en determinado
momento se nos cuenta que asesinó al flautista de una orquesta
norteamericana con la única intención de “mejorar su sonido”,
y en otro él mismo asegura que prefiere eliminar a la gente grosera),
o de gozar con las inquietantes ironías que determinan los destinos
de sus sádicos protagonistas, como ocurre en la secuencia en que
Mason Verger es devorado por los mismos jabalíes a los que había
estado entrenando para que se comieran al hombre que lo desfiguró
tiempo atrás (¡cuánto talento narrativo desperdiciado
en la exaltación de la más absoluta falta de humanidad!).
Y por si todo esto no fuera suficiente exhibición de atrocidades,
el espectador debe esperar hasta el último minuto para asistir
a la escena cumbre del perverso cinismo que preside este relato. El desenlace
no sólo asegura astutamente la verosimilitud de una nueva secuela
de la serie (¿seguirá Hopkins en ella?), sino que nos presenta
a Lecter en pleno ejercicio de una especie de evangélica propagación
de su particular fe antropofágica, para lo cual escoge ¡a
un niño!, todo ello sin abandonar los guiños culturalistas
que conforman ese sentido del humor tan detestable del que hace constantemente
gala la película (la caja de viandas que lleva el delicado psiquiatra,
incapaz de probar el almuerzo de la compañía área
en la que viaja, lleva el logotipo de Dean & DeLucca, la famosa
tienda neoyorkina para gourmets).
Como puede verse, mis reproches hacia Hannibal tienen como causa
fundamental su tratamiento de la violencia y el sufrimiento. Y aquí
cabría hacer una pausa para preguntarnos si, en efecto, la película
merece una censura más intensa que la que hagamos a otras (la misma
Gladiator, por ejemplo, por no invocar
el caso de cualquiera de los muchos rambos o schwarzeneggers que inundan
las pantallas), donde abundan la efusión de sangre y el desprecio
del dolor ajeno. Para mí está claro que Hannibal
es una muestra de un cine irresponsable y hasta pernicioso por varias
razones: en primer lugar, porque se presenta a sí misma como una
obra “seria”, es decir, sin los rasgos voluntariamente cómicos,
hiperbólicos, irónicos, imitativos o “de género”
que caracterizan a otras películas de signo violento. En segundo
lugar, porque, a diferencia de lo que ocurre en esos filmes a los que
me he referido, en general presididos por el tufo a sudor, pólvora,
testosterona o pobreza, aquí hay una exaltación deliberada
del crimen como producto de la inteligencia, de lo que podríamos
llamar el “genio”, y no como el testimonio más o menos realista
del comportamiento humano en situaciones de aventura, riesgo, tensión
psicológica o excepcionalidad vital. En tercer lugar, porque la
actividad criminal de Lecter es gratuita, inmotivada, sin ninguna justificación
basada en la necesidad, en la protección de algún valor
socialmente aceptable, en la búsqueda de un nuevo orden más
justo (la excusa característica de la violencia revolucionaria)
o en algo parecido a lo que podríamos denominar “rebeldía
cósmica”. De hecho, Lecter no se rebela ante nada, simplemente
es un aristócrata que exhibe su vanidad y protege sus intereses
de clase con el uso de una violencia que no tiene nada que envidiar a
los vindicativos métodos de los señores feudales del medievo;
significativamente, la mayor parte de sus víctimas son desgraciados
outsiders o meros funcionarios; cuando mata al riquísimo
Mason Verger hay que pensar que también lo hace para eliminar a
un competidor de altura en su particular competición de deformidades
morales, y en este caso lo hace sin mancharse las manos. Y, por último,
porque la ideología (si es que se puede llamar así) radicalmente
individualista y elitista de Lecter, de estirpe fascistoide en el fondo
y en las formas, no sólo triunfa, sino que también se transmite
bajo la forma de un modelo sugestivo para las nuevas generaciones, representadas
por ese niño asiático al que el psiquiatra agasaja con su
propia ración de órganos humanos.
Los reproches ante esta última creación de Ridley Scott
también pueden formularse desde una dirección menos ideológica,
más atenta al discurso narrativo y a la definición de los
personajes. Es aquí, justamente, donde las comparaciones con El
silencio de los corderos son, no por odiosas, menos necesarias. Pues
la original relación que había en la película de
Jonathan Demme entre Clarice y Hannibal, con sus sutiles equilibrios de
fuerzas e intereses (el famoso quid pro quo) y su dimensión
fetichista-pedagógica (con Lecter convertido en una suerte de voyeur
psicológico que disfruta impartiendo clases magistrales de investigación
y análisis a su sumisa discípula), se debilita aquí
en grado sumo, ya que apenas si se reduce a una persecución bastante
convencional en la que la cazadora nunca llega a estar en disposición
de atrapar a su presa. Con ello se produce un indiscutible debilitamiento
del interés intrínseco de la trama, una aguda pérdida
de la emoción y la intriga necesaria en todo thriller que
se precie, que tanto los guionistas como el director han tratado de evitar
con sustitutivos evidentes: los grandes efectos —una ambientación
mucho más sofisticada, una puesta en escena mucho menos sobria—
y, sobre todo, un deliberado incremento en el nivel de atrocidades; “a
menos suspense, más gore”, parece haber sido la receta.
Lo que en El silencio pudo ser verosímil desde la perspectiva
psicológica del monstruo —Lecter ejerciendo de tutor
particular de Starling, lo que le daba la oportunidad de exhibir su evidente
superioridad, jugar con los traumas infantiles de su alumna y mostrarse
condescendiente con su virtud, todo lo cual no era sino elegante e indirecta
metáfora del acto sexual— se ha transformado en Hannibal
en un prosaico y vulgar flirteo que si no llega a hacerse explícito
es sólo porque hubiera resultado intolerablemente grotesco6.
Pero no hay duda del significado de todo el tramo final de la película,
en el que Lecter cura amorosamente a Starling de sus heridas, la viste
con un elegante traje negro (me pareció leer en los títulos
de crédito finales que el vestuario había sido proporcionado
por Gucci y Armani) e incluso está a punto de premiarla con un
beso que finalmente queda reducido a la terrible mueca del mordisco antropófago.
Y todo ello, sin un motivo claro, o al menos sin un motivo convincente,
ya que ni Starling es la joven inocente e íntegra que en otro tiempo
la hizo deseable para el doctor, ni está en disposición
de ofrecer a Lecter nada que éste no tenga capacidad para tomar
por sí mismo. La única oportunidad en que se hace efectivo
el mítico quid pro quo (la secuencia en que Clarice salva
a Hannibal de lo que parecía una muerte inusitadamente cruel, con
una exhibición de melindres de policía íntegra que
se halla justo al borde de lo ridículo) acaba con el desvanecimiento
de Clarice y su traslado a buen recaudo por un Lecter que, caminando entre
jabalíes furiosos que ni siquiera se le acercan (¿otro trasunto
de la iconografía religiosa?), la transporta en brazos cual amoroso
y reciente esposo (me parece que sobran los comentarios).
Claro que ya antes de estas secuencias finales la película se
ha esforzado en adensar el tejido culturalista que justifica tan inverosímil
romance. En efecto, gracias a las citas literarias entreveradas en los
farragosos discursos de Lecter y mediante el episodio en que el psiquiatra
asiste a la ópera de Florencia (por cierto, una de las secuencias
más conseguidas de la película desde el punto de vista estético)7,
el guión sugiere la analogía entre la pareja Dante-Beatriz
y su correlato Lecter-Starling. La analogía se ve reforzada además
por la similitud fonética entre los nombres de pila de ambas mujeres
(Clarice-Beatrice, nombre este último que significa algo así
como “beatificadora” o “dadora de bienaventuranza”8),
lo cual nos permite aventurar sin demasiado riesgo una interpretación
simbólica, en virtud de la cual la agente del FBI queda transfigurada
en la instancia salvífica que, de manera semejante a como hizo
Beatriz con Dante en La vita nuova, guía al psiquiatra hacia
la salvación. Si esto no constituye un uso absolutamente cínico,
abusivo y manipulador de los elementos más respetables de nuestra
cultura, ¿qué puede serlo?
Contra el razonamiento que vengo haciendo puede presentarse la objeción
de que Hannibal no es una mera continuación de El silencio
de los corderos, y que por tanto es perfectamente legítimo
un diseño autónomo de los personajes, con nuevos presupuestos
y circunstancias diferentes. Sin embargo, para mí es más
que evidente que Ridley Scott ha salido a la búsqueda del éxito
de crítica y público con una posición ventajista,
apoyada en el filme de Jonathan Demme, pues esta nueva película
está repleta de guiños, referencias, ecos y citas que casi
de manera subliminal nos obligan a acordarnos de aquélla. No
quiero aburrir al lector, pero daré unos cuantos ejemplos: en El silencio de los
corderos, Lecter adornaba su celda con dibujos de Florencia, ciudad
en la que transcurre la primera parte de Hannibal; los asesinatos
de policías que vemos en ambas películas tienen el mismo
contenido ritual, de sacrificio, y una dimensión plástica
muy semejante; en la película de Demme, Lecter roza con un dedo
la mano de Starling a través de los barrotes de la jaula en la
que ha sido confinado, mientras que en la de Scott acaricia el cabello
de la agente desde un tiovivo cuyos barrotes giratorios evocan una celda
en movimiento; allí Lecter se “arrancaba” su propia cara, mientras
que aquí es su antebrazo el destinatario de la mutilación;
el actor que representaba en El silencio el papel del enfermero
Barney repite en esta nueva película; ambos filmes se caracterizan
por finales “abiertos” de esos que en los últimos años tanto
se estilan...; podríamos seguir así ad infinitum.
En resumen, que Ridley Scott no ha tenido el más mínimo
escrúpulo en cabalgar sobre la ola de El silencio de los corderos,
de forma muy semejante a como ya hiciera poco tiempo antes, aunque de
manera más respetuosa y no tan cínica, en Gladiator,
una película que si no llega a la categoría de gran obra
es por lo menos una decorosa revisión de La caída del
imperio romano. Lástima que por el camino se haya olvidado
de la inteligencia y la sutileza que presidían la película
de Jonathan Demme, y haya optado en cambio por un espectáculo de
gran guiñol, cuya apariencia suntuosa y recargada no puede ocultar
el gran vacío artístico, moral y humano que se esconde tras
ella. A riesgo de hacer un chiste fácil, Hannibal no es
más que un festín pantagruélico, con toques de haute
cuisine, que lejos de educar el paladar, sólo consigue provocar
la indigestión.
Notas
1. La polémica comenzó
con una crítica de Muñoz Molina, titulada “Tarantino y la muerte” (19-IV-95). A ella respondió Marías con el
artículo “Y encima recochineo” (2-V-95); el novelista de Úbeda
volvió a terciar con “Tarantino, la muerte y la comedia: una respuesta
a Javier Marías” (10-V-95); finalizó la
discusión Marías con “La risa y la moral: una contrarréplica
a Muñoz Molina” (28-V-95). No tengo noticia de que los textos de
Muñoz Molina hayan sido recogidos en libro; sí lo han sido
los de Marías, quien los ha incluido en Vida del fantasma,
Madrid, Alfaguara (Col. “Textos de escritor”), 2001, pp. 183-192. Debo algunos datos de esta nota a un amable visitante de mi web, sin cuya aportación no habría podido precisar las fechas de los dos artículos de Muñoz Molina. «
2. La valoración de Antonio
Muñoz Molina sobre la película de Ridley Scott se ha publicado
en “El artista caníbal”, El País Semanal, 1275, domingo
4 de marzo de 2001, p. 114. También Javier Marías ha hecho
algunas observaciones críticas, aunque menos negativas que las
del novelista de Úbeda, a propósito del tratamiento cinematográfico
de los asesinos en serie; véase su columna dominical “Ni mérito
ni misterio”, El Semanal, 698, 11-III-2001, p. 12. La coincidencia
en el tiempo de las opiniones de estos dos destacados novelistas demuestra
que el personaje de Hannibal Lecter y el malsano universo de la película
de Ridley Scott ejercen una nada desdeñable atracción sobre
el público. «
3. El País del
día 14 de febrero de 2001 se hacía eco de las palabras de
Hopkins durante la promoción de la película: “[Hannibal]
es la sombra de todos nosotros, nuestra parte oscura, nuestra parte más
creativa también. Es la fascinación por el dolor, es la
paradoja de la belleza que nace del horror, es Florencia. Es la belleza
de esos cuadros de hombres colgados y torturados. Hannibal es la paradoja
de la humanidad y los que no lo aceptan son los puritanos, son los que
viven bajo la dictadura de los mediocres. Ellos son el verdadero terror”.
Por su parte, en la sede web oficial de
la película, Ridley Scott se despacha con estas declaraciones:
“Nos atrae Hannibal Lecter porque, como un Nosferatu contemporáneo,
es básicamente encantador y seductor y al mismo tiempo nos aterroriza.
[...] Al igual que con los grandes monstruos de la literatura, existe
una curiosidad perversa que nos impulsa a conocerlos. El atractivo de
Hannibal es menos místico que algunos de los otros. Él existe
y vive entre nosotros, lo cual lo hace más aterrador. Con Hannibal,
hay una gran posibilidad de que esté caminando en las calles a
nuestro lado”. «
4. En general, la crítica española
ha tratado a la película de Ridley Scott de una manera más
bien displicente, lo cual no excluye, sin embargo, una especie de prurito
de dignificación de su personaje protagonista. Algunos ejemplos
de esta actitud pueden verse en las críticas de Josep Parera, “Hannibal.
El retorno del caníbal”, Imágenes de actualidad,
201, marzo 2001, pp. 68-72 y María Casanova, “Comer, beber, amar”,
Cinemanía, 66, marzo 2001, pp. 116-119. «
5. En realidad, el personaje de Hannibal
Lecter no apareció por primera vez con El silencio de los corderos,
ya que existe una película anterior, Manhunter (1986), dirigida
por el ahora muy valorado Michael Mann y también basada en una
novela de Thomas Harris. Manhunter no tuvo demasiada repercusión
entre el gran público, lo que no puede decirse, desde luego, de
El silencio de los corderos y Hannibal. «
6. La conversión de Lecter en
la “pareja amorosa” de Starling es inevitable desde el mismo momento en
que el complejo entramado de relaciones entre los personajes que caracterizaba
a El silencio de los corderos ha sido objeto de una cruda simplificación.
Uno de los muchos aspectos atractivos de la película de Jonathan
Demme era la sutil pugna entre Hannibal Lecter y el ejecutivo del FBI
Jack Crawford por el acceso a la intimidad con la inocente Clarice; en
Hannibal, el equivalente al elegante, sensible y tímido
Crawford es un tramposo, chulesco y procaz Paul Krendler, a quien Starling
explícitamente rechaza, con lo cual aquella sorda lucha queda eliminada,
y Lecter se convierte en el único foco de atención del público.
Tal vez los guionistas y el director hayan creído que la película
gana así en tensión sexual, en morbo; para mí que
pierde en sutileza y finura. «
7. Por cierto, un tema operístico
bellísimo —Vide cor meum—, creado ex profeso para
la película por el compositor Patrick Cassidy, con un libreto basado
en La vita nuova, de Dante. «
8. Véase la interpretación
a propósito del nombre de Beatrice, en RIQUER, Martín de
y José María Valverde, Historia de la literatura universal,
4. El Renacimiento, desde sus preliminares, Barcelona, Planeta, 1984,
p. 38, y su análisis de La vita nuova, pp. 38-42. «
Última actualización de la página:
6-12-2005
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