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Delicadamente atroz.
Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro
No
creo exagerar lo más mínimo al afirmar que esta obra
del escritor inglés Kazuo Ishiguro1 es una de las novelas más
hermosas e inquietantes que he leído en los últimos tiempos.
Un libro bellísimo a la vez que perturbador, porque bajo la delicada
y sutil superficie de su relato, bajo la amable apariencia de un estilo
reposado, incluso lánguido, discurre una historia desasosegante
y atroz, ante la cual ningún lector puede mostrarse indiferente.
Hace algunos meses que compré la novela, animado por las estupendas
críticas que acompañaron su publicación. Recuerdo
que al llegar a casa la abrí al azar, leí algunos párrafos,
y finalmente la dejé sobre la mesilla, reposando, como los buenos
vinos. Cuando finalmente pude leerla con sosiego, enseguida me di cuenta
de que era un libro intenso, diferente, de esos que duelen cuando terminan
y dejan en la memoria una huella que no desaparece, como en tantos otros
casos, cuando la historia se precipita a su fin. Al contrario, cuando
el lector finaliza la última página no puede sustraerse
a la tentación de volver atrás, releer algunos párrafos
y encontrarse de nuevo con los mejores momentos del relato. Por eso el
imperdonable pecado que uno comete siempre cuando desvela aspectos claves
del argumento –ya están advertidos quienes sufren estas
revelaciones como una intolerable agresión– tal vez sea
más justificable en este caso.
El escenario en que comienza la tenue trama de Nunca me abandones (pues
en ella no “pasa” gran cosa), no podría ser más
convencional: Hailsham, uno de esos colegios privados ingleses situados
en el campo, entre suaves colinas y al lado de frondosos bosques, con
los que tantas veces nos hemos encontrado en la literatura y en el cine.
Hailsham, sin embargo, no es como cualquier otro establecimiento educativo
destinado a los hijos de la élite británica. Los profesores
tratan a sus alumnos con gran amabilidad (aunque al mismo tiempo de modo
algo frío y distante; uno de los protagonistas sospecha que en
realidad les tienen miedo), les educan en un entorno singular que propicia
su creatividad artística y les preparan para un futuro muy importante,
pero al mismo tiempo muy poco definido; “sois especiales”,
se les dice continuamente a los chicos y las chicas de Hailsham, aunque
no se les aclara muy bien por qué. Con el transcurso de la novela,
el lector descubre algunos hechos inquietantes (todos los alumnos son
estériles y ninguno tiene padres o familia), que sólo se
entienden a la luz de una espantosa verdad revelada por una de las profesoras,
la señorita Lucy, atormentada por el destino de sus pupilos (pp.
106-107): que todos ellos son clones, reproducciones destinadas a la
donación de órganos para las personas que los requieran.
Los aficionados a la ciencia ficción habrán identificado
en este breve resumen de la primera parte de la novela algunos rasgos
característicos del género de las distopías o antiutopías2,
e incluso podrán recordar ciertas coincidencias del argumento
con Clones, la aterradora novela que hace unos años publicó Michael
Marshall Smith3. No obstante, no es prudente asegurar sin los necesarios
matices que Nunca me abandones sea una obra de ciencia ficción,
o incluso una distopía, a no ser que estemos dispuestos a olvidarnos
de la singularidad de una novela que, más allá de las filias
y las fobias, o de los debates entre los círculos del fandom,
siempre tan proclives a invocar los ejemplos de obras de calidad para
extender pro domo sua las fronteras del género4, inevitablemente
exige una reflexión atenta sobre los atributos que configuran
su condición genérica.
Para empezar, el mundo que retrata Ishiguro no tiene nada de futurista.
Aquí no hay prácticamente ninguna referencia científica
o tecnológica (no se explica cómo es posible la clonación,
ni quién la organiza, ni cuál es el proceso de selección
de los modelos o la secuencia de las donaciones), ni tampoco encontramos
las extrapolaciones de tendencias sociales e históricas que caracterizan
a las distopías más conocidas (Un mundo feliz, 1984, Nosotros, Fahrenheit
451, etc.). Es más, las explicaciones que en la tercera parte
de la novela se proporcionan sobre la génesis y desarrollo de
la “industria” de los clones, o sobre las razones que justificaron
la creación y posterior desaparición de establecimientos
como Hailsham son de una desconcertante vaguedad. Tras acabar el relato,
seguimos sin saber a ciencia cierta las razones que motivaron la institución
de los clones ni cómo fue posible su aceptación social.
Tampoco estamos ante esa variante de la literatura de ciencia ficción
que es la “historia alternativa”. Por el contrario, el mundo
de Nunca me abandones es rigurosamente contemporáneo
(“Inglaterra, finales de la década de 1990”, indica
el autor antes de comenzar el relato) y, en líneas generales,
acorde con la realidad empírica. Podríamos decir, pues,
que la trama se desarrolla en un marco espacio-temporal realista, minuciosamente
realista en muchas ocasiones (las curiosas costumbres del colegio, el
fetichismo de los objetos y las relaciones personales están contadas
con un detalle y una atención casi enfermizos), aunque al mismo
tiempo impreciso y desvaído, con una pátina ligeramente
anacrónica y demodé, que provoca que el lector
tenga una sensación continua y persistente de que un elemento
extraño e indefinible va minando la cotidianidad de la narración.
Por otra parte, si bien es cierto que Hailsham o la granja de las Cottages
de la segunda parte de la novela se configuran como espacios singulares
de los que los protagonistas nunca se alejan demasiado (en el caso de
Hailsham, los chicos creen que en los bosques cercanos se esconden graves
peligros, y existen leyendas siniestras sobre ellos, un recurso típico
de las historias de miedo que hemos visto hace poco en películas
como El bosque, de M. Night Shyamalan), y que prácticamente
se encuentran al margen del mundo circundante, ello no invalida el propósito
de representación realista, ni tampoco autoriza a considerarlos
como escenarios de carácter exclusivamente alegórico. Además,
conforme la novela avanza en su transcurso y los personajes abandonan,
primero Hailsham y luego las Cottages , la narración da paso a
una Inglaterra de perfiles mucho más reconocibles: campos, carreteras
y pequeñas ciudades, centros de salud donde los clones se recuperan
de sus donaciones, calles, restaurantes, tiendas y cafés.
Claro está que para el lector es imposible sustraerse a la clarísima
impresión de que el relato de Kazuo Ishiguro apunta a un significado
traslaticio, a una condición alegórica o parabólica
propia de las distopías. Ahora bien, hay que tener muy en cuenta
que el centro de interés de esta novela no es el mismo que el
de las distopías canónicas que he citado antes, en las
que el análisis a gran escala de las consecuencias del cambio
tecnológico y social desempeña una función relevante.
La novela de Ishiguro, y este es uno de sus principales atractivos, porque
le proporciona una intensidad y un dramatismo muy elocuentes, ciñe
su alcance al mundo limitado e íntimo de sus protagonistas, a
quienes en todo momento contemplamos como seres humanos concretos, con
una individualidad muy precisa, con anhelos, sufrimientos y esperanzas
perfectamente reconocibles. En su reseña, Javier Aparicio Maydeu
considera la novela como “una alegoría de la inmanente orfandad
del individuo” que funciona “a la manera de una fábula
moral”5. También sobre este mismo aspecto hace hincapié el
comentario de M. John Harrison (cito por el original en inglés,
que no me atrevo a traducir):
“It's about the steady erosion of hope. It's about repressing
what you know, which is that in this life people fail one another, grow
old and fall to pieces. It's about knowing that while you must keep calm,
keeping calm won't change a thing. Beneath Kathy's flattened and lukewarm
emotional landscape lies the pure volcanic turmoil, the unexpressed yet
perfectly articulated, perfectly molten rage of the orphan”6.
No me cabe ninguna duda de que es así. En la peripecia vital
de los jóvenes de Hailsham y las Cottages, en sus falsas creencias
y peculiares rituales, que equivalen a una forma arcaica e ingenua de
religiosidad, en la persecución del mito del aplazamiento de sus
donaciones definitivas (lo que la novela llama, con uno de sus estremecedores
eufemismos, “completar”), que sólo pueden obtener,
según creen, si entre ellos existe un amor sincero, cualquier
lector puede reconocer un eco de su condición personal, provisional
y contingente, una alegoría de la vida humana, de las frágiles
esperanzas que la sustentan y del ineluctable destino que a todos nos
aguarda.
Este aspecto fatalista de la novela es uno de los que mayor impacto
provocan en el lector. Lo más terrible de Nunca me abandones,
lo que de verdad pone un nudo en la garganta y colma la lectura de una
emoción arrebatadora no es la crudeza del fin que aguarda a estos
jóvenes brillantes y llenos de pasión, sino la estoica
aceptación (o la estupefacción, uno nunca acaba de estar
seguro) con que lo afrontan. Ni Kathy, ni Ruth ni Tommy llegan a plantearse
en ningún momento la rebeldía frontal contra su suerte,
y eso que no existe ninguna limitación física, o por lo
menos ésta no es visible, a su libertad para moverse por el país.
Cuando los vemos esperar la muerte, cuando los vemos morir, fiados a
recuerdos imperfectos, a esperanzas vanas, es inevitable pensar en nuestra
propia situación vital. Porque de algún modo todos somos
pupilos de Hailsham, porque hemos aceptado diversas formas de engaño
y sumisión, porque en vez de romper nuestras cadenas y lanzarnos
tras la persecución de la verdadera realidad, hemos admitido sus
simulacros.
La lectura que he propuesto hasta aquí (en clave de parábola,
de fábula moral), no es incompatible con otra más literal,
más ceñida al terreno. Nunca me abandones es un
relato alegórico, sí, pero también una gran novela
de personajes, con tres protagonistas admirablemente retratados, que
trazan con sus cambiantes relaciones un triángulo fascinante:
Ruth, enérgica, dominadora y egoísta, a pesar de lo cual
termina sus días entregando a sus compañeros el maravilloso
(y fútil) regalo de la esperanza; Kath, siempre perceptiva y atenta,
que anhela conocer la verdad, pero sobre todo ayudar a sus compañeros
en el angustioso proceso de la sucesión de donaciones (el título
de la novela es el de una canción que Kath guarda como un tesoro,
y que expresa tanto sus ansias de maternidad imposible como la devoción
con que se entrega a sus tareas de cuidadora); y Tommy, el rebelde del
grupo, cuyos súbitos raptos de furia revelan su capacidad de adivinar
la realidad que se esconde bajo el melifluo discurrir de la vida en el
colegio. Todos ellos, y los personajes secundarios (los alumnos de Hailsham
y las Cottages, sus profesores, en especial la señorita Lucy,
con sus dudas y escrúpulos de conciencia, o la glacial Madame,
un personaje siempre enigmático, en el que el lector intuye mucho
más de lo que ella misma revela) están captados con mano
maestra. Al verlos moverse por entre las páginas de la novela,
guiados por el obsesivo fluir entre pasado y presente de los recuerdos
de Kath, resulta inevitable pensar en el arte para la caracterización
de Henry James y otros grandes maestros de la narrativa del siglo XIX,
a los que tanto debe la obra novelística de Kazuo Ishiguro7.
Apoyada en la perspectiva narrativa de Kath, Nunca me abandones es
también la novela de la recuperación imposible de la infancia
y la juventud. Desde la atalaya de su condición de superviviente
(el retraso en ser convocada a la donación, a los treinta y un
años con que comienza a contar su historia, y tras más
de once como cuidadora de sus compañeros, quizás se explique
por su enorme capacidad para confortarlos8), la narradora en primera
persona reconstruye el pasado, justifica el hoy en virtud de lo que fue
el ayer, y al hacerlo otorga un cierto sentido a su propia existencia.
Como no podía ser de otra forma, pues su mejor amiga ha muerto,
su gran amor se ha extinguido, el mundo en que se crió de niña
ya no existe, y sólo queda la certidumbre de un final que se intuye
cercano, aunque todavía sin plazo claro de ejecución, la
de Kath es una mirada elegíaca, teñida de aguda melancolía,
y de un hondo sentimiento de pérdida.
Desde un punto de vista más técnico, Nunca me abandones es
un relato fuertemente marcado por la sensación de fluir temporal,
en el que el pasado se hace continuamente presente gracias a un tupido
tejido de conexiones, que Ishiguro maneja de forma magistral desde la
voz narrativa de la protagonista. La capacidad del autor para evocar
cómo ocurieron las cosas, cómo se encadenaron los hechos,
cómo los detalles más nimios del pasado cobran importancia
retrospectiva desde el presente y cómo éste se engendra
en aquél, es sencillamente prodigiosa. No hay detalles vacíos,
no hay sucesos inanes, todo acontecimiento tiene su porqué. De
esta forma, ese realismo minucioso y detallista de la prosa de Ishiguro,
que en otras manos hubiera parecido preciosista, incluso amanerado, resplandece
pleno de sentido y eficacia.
Qué pocas veces tiene el lector la sensación (me viene
a la memoria el caso de Desgracia, de J.M. Coetzee, como un
ejemplo de una emoción muy semejante) de que una novela justifica
plenamente su universo narrativo, de que el estilo, con un ritmo sinuoso,
elegante, inconfundible, se acopla sin la menor grieta al transcurso
de la trama y a la vida de los personajes. Qué pocas veces se
siente uno tan identificado con la voz narrativa, tan tentado de dialogar
con un personaje como Kath y pedirle más detalles, más
experiencias de su vida atroz como cuidadora, cuyos verdaderos perfiles
y angustias ni siquiera podemos imaginar.
Al acabar la novela, piensa uno en la conversación entre Madame
y sus antiguos alumnos, en ese sentimiento evocado por Kath, de que los
profesores de Hailsham, aunque amables y entregados, tenían un
poco de miedo, o mostraban una cierta repulsión, ante sus pupilos.
Quizás no se trate del rechazo a su condición inhumana
y en cierto modo monstruosa, sino el miedo a verse implícitamente
enfrentados a unos seres que tienen algo de angélicos, a unos
seres inocentes, sin defectos físicos, sin pecado original, marcados
desde su nacimiento por un destino de sacrificio y renuncia. No estoy
del todo seguro (de un autor tan elusivo como Kazuo Ishiguro sería
ingenuo esperar un mensaje inequívoco), pero es probable que en
la estoica aceptación del doloroso deber que les aguarda se encierre
la lección más perdurable de la “fábula moral” que
es Nunca me abandones.
Esta actitud de espera resignada y consciente domina la novela en su
parte final, y especialmente a partir de una escena clave, que tiene
lugar en los capítulos 21 y 22 de la tercera parte. Kath y Tommy
encuentran la casa en la que viven dos de sus preceptoras de Hailsham,
la señorita Emily y la enigmática Madame, y les preguntan
si es cierto que se les puede conceder un “aplazamiento” en
caso de que demuestren que están enamorados; la respuesta de Madame
a sus peticiones, y sus revelaciones sobre la fundación de Hailsham
y el verdadero sentido de la educación artística que allí se
impartía, demuestran cuán poco fundadas eran las creencias
de los alumnos9. Tras este encuentro, la esperanza de un futuro más
pleno y feliz para los protagonistas se extingue definitivamente. Ruth
ha muerto ya, Tommy y Kathy se separan (porque el muchacho considera,
con una lucidez tan radical como conmovedora, que debe enfrentarse a
su donación definitiva, y que ni siquiera Kath puede acompañarle
en ese trance), y la protagonista emprende una vida en solitario cuya única
perspectiva –desde la cual narra toda la novela– es cuidar
a otros donantes hasta el día en que “completen”,
hasta el momento en que a ella le toque asumir su destino.
A estas alturas del relato, la emoción es ya incontenible. Ishiguro,
perfectamente consciente de que el lector está absolutamente entregado
a su relato, lo remata con una escena sublimel que estremece por su belleza,
por la elegancia y discreción con
que transmite los sentimientos que embargan al personaje, y por su patético
simbolismo: durante una de sus rutas en coche a lo largo del país,
Kath se detiene en un campo de cultivo, en las planicies de Norfolk,
y contempla los desechos que se han acumulado ante una cerca de alambre
de espino. El recuerdo de Tommy, muerto dos semanas antes, y la imagen
de ese lugar desolado, adonde parecen haber ido a parar todos los objetos
perdidos a lo largo de su vida, inundan de congoja el corazón
de Kath, que se imagina a su amante caminando hacia ella:
“La fantasía no pasó de ahí –no permití que
fuera más lejos–, y aunque las lágrimas me caían
por las mejillas, no estaba sollozando abiertamente ni había perdido
el dominio de mí misma. Aguardé un poco, y volví al
coche, y me alejé en él hacia dondequiera que estuviera
dirigiendo” (p. 351).
Es difícil imaginar un final más desolador, pero al mismo
tiempo más hermoso. Con él demuestra Ishiguro que la literatura
no sirve para explicar el mundo, ni siquiera para ordenarlo, pero sí al
menos para entender los sentimientos y las emociones, y para otorgar
a unos y otros cierto sentido. Ishiguro no salva a Kathy porque es imposible
hacerlo, y eso lo intuye cualquier lector por muy devoto que sea del
final feliz. Sin embargo, en este desenlace no hay nada de decepcionante,
y sí mucho de gozosa culminación. No es el triunfo de la
vida, ni de la esperanza, pero sí de la literatura.
Quisiera terminar la reseña con una breve coda pedagógica.
Ya sé que es improbable que una novela como ésta forme
parte de los planes de estudio de nuestros institutos, porque la sensibilidad
dominante en las nuevas generaciones no es precisamente la más
apropiada para enfrentarse con ella, y porque los docentes muchas veces
preferimos no abandonar el camino trillado de las lecturas más
o menos oficiales. Sin embargo, creo que en la literatura actual hay
pocas propuestas más hondamente educativas, más fascinantes
y emotivas, que la de este libro admirable, que en nada se parece, aunque
sus protagonistas sean jóvenes, a esas insulsas novelas juveniles
que los profesores estamos hartos de recomendar. No imagino mejor elección
para la optativa de Literatura Española y Universal, o incluso
para unas cuantas clases de esa virtuosa área que nos aguarda
al final de Secundaria tras la entrada en vigor de la LOE, que la lectura
atenta y reflexiva de algunos fragmentos escogidos de Nunca me abandones (yo
recomendaría leer toda la novela, pero comprendo que no se debe
pedir imposibles). Y si además consiguiera completar el programa
con la película de James Ivory Lo que queda del día (1993),
también basada en una novela de Kazuo Ishiguro..., bueno, eso
sería ya la felicidad.
Notas
1. Kazuo Ishiguro, Nunca me abandones, Barcelona, Editorial
Anagrama (Col. “Panorama de Narrativas”, 618), 2005, 353
páginas. Traducción de Jesús Zulaika. «
2. El concepto de distopía suele definirse como “antónimo
de utopía y, aunque al igual que en la utopía se refleja
una sociedad hipotética distinta a la nuestra, lo hace con una
concepción negativa. El concepto de utopía implica una
sociedad, gobierno o proyecto halagüeños, aunque irrealizables;
en una distopía, por el contrario, la vieja frase de la ciencia
ficción esto es lo que podría ser constituye la base de
la visión de un mundo peor que el nuestro” (Glosario
de ciencia ficción). Véase también el capítulo “El
infierno está al caer”, en Raymond Trousson, Historia de
la literatura utópica. Viajes a países inexistentes, Barcelona,
Ediciones Península, 1995, pp. 311-332. «
3. Merece la pena destacar que el título original de la novela
de Smith, Spares, es decir, ‘recambios’, es todavía
más aterrador que el de la traducción española.
Y aunque la analogía esté un poco traída por los
pelos, también hay evidentes puntos de contacto de Nunca me
abandones con una reciente antiutopía cinematográfica, La
isla, de Michael Bay, cuya primera parte comparte con la novela
de Ishiguro bastantes detalles de argumento y caracterización
de los personajes. «
4. Las entradas (y los
muchos comentarios que las complementan) que Iván Fernández
Balbuena e Ignacio Illarregui Gárate
dedican a la novela en sus respectivas bitácoras, Memorias
de un friki y Reflexiones
de un aburreovejas constituyen ejemplos más que elocuentes de ese
enconado debate. Véase también la muy combativa reseña
de Aaron Hughes en Fantastic
Reviews (en inglés). «
5. Javier Aparicio Maydeu, “La
historia más
triste”, El
País-Babelia, 26 de noviembre de 2005. «
6. M. John Harrison, “Clone
Alone”, The
Guardia, sábado 26 de febrero de 2005. «
7. Respecto a la configuración
de los personajes y el argumento, especialmente en su primera parte,
no habría que descartar ciertas
influencias mucho más modestas, pero a mi entender innegables,
como la de Enid Blyton y sus inolvidables novelas de ambiente colegial. «
8. Se me ocurre otra razón,
enteramente subjetiva, y es que al acabar la novela el lector desea
con todas sus fuerzas que un inesperado giro del destino haga posible
que a Kathy se le permita vivir. La escena final no es nada optimista
(más
bien al contrario), pero ahí sigue
ella, cumpliendo con su deber y sin ceder al desaliento, esperando contra
toda esperanza y justificando así a la del lector. «
9. Una escena de innegable dimensión existencial y hasta metafísica,
narrada, como toda la novela, con suma elegancia y contención.
El dramatismo de la escena trae a la memoria el encuentro entre Augusto
Pérez y su creador, Miguel de Unamuno, en el capítulo XXXI
de Niebla, o el del androide Roy Batty y el doctor Eldon Tyrell
en Blade Runner. «
Última actualización de la página:
7-02-2006
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