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La
guerra de África, desde las trincheras:
El nombre de los nuestros, de Lorenzo Silva
Con
la publicación de la que por el momento es su última novela,
Lorenzo Silva parece consolidarse como uno de los escritores más
prometedores de su generación. A pesar de su juventud (nació
en 1966), el novelista madrileño es autor de una obra ya bastante
nutrida, que comprende doce novelas (tres de ellas específicamente
destinadas al público juvenil) y dos libros de viajes1.
El éxito de su narrativa (El nombre de los nuestros va
por la cuarta edición, se reeditan sus primeras novelas y se preparan
adaptaciones cinematográficas de El lejano país de los
estanques y El alquimista impaciente)
se debe en primer lugar al hecho de que Lorenzo Silva es un escritor muy
bien dotado para la narración, con un talento innegable a la hora
de urdir historias y crear personajes que interesan al lector desde la
primera línea. Ahora bien, también es cierto que al menos
una parte significativa de su narrativa tiene una clara orientación
comercial (perceptible, por ejemplo, en los dos últimos títulos
citados, que en cualquier caso no dejan de ser novelas policíacas
amenas y muy bien construidas), y que además Silva ha mostrado
una gran habilidad para conectar con las inquietudes e intereses de las
últimas promociones de lectores, tal como demuestra no sólo
su dedicación al ámbito de la literatura juvenil, sino también
su participación en el desarrollo de La isla del fin de la suerte,
una novela interactiva en Internet2.
Que el éxito comercial no tiene por qué estar reñido
con la calidad literaria y con propósitos tan respetables como
la recuperación de la memoria histórica y la actualización
de la tradición novelística española se demuestra
con la novela que ahora nos ocupa. El nombre de los nuestros es,
en efecto, un relato bélico “inspirado en los avatares reales
vividos entre junio y julio de 1921 por los soldados españoles”
(p. 7), durante las campañas militares de Marruecos, que tan graves
repercusiones tuvieron en la vida española de los primeros treinta
años del siglo XX. Con esta novela, Silva “resucita”
una tradición literaria que tiene prestigiosos antecedentes en
figuras como José Díaz Fernández (El blocao,
1928), Ramón J. Sender (Imán, 1930), o Arturo Barea
(La forja de un rebelde, 1941-1944)3,
y nos recuerda, en unos tiempos tan poco propicios a la defensa de las
causas perdidas, el destino de unos hombres sacrificados en una empresa
colonial tan absurda como inútil.
Debemos precisar que esta actualización de la tradición
novelística sobre las campañas africanas ofrece perfiles
singulares, ya que frente a los evidentes propósitos antimilitaristas
y antiimperialistas que alientan en las tres obras citadas, la de Silva
debe leerse más bien como un homenaje sincero y emotivo, pero a
la vez nada proclive a las tentaciones demagógicas, hacia los soldados
que participaron en la guerra de Marruecos. El propio autor hace explícita
esta intención al final del capítulo 19, significativamente
titulado “El nombre de los nuestros”: el sargento Molina,
protagonista del relato, pide a uno de sus hombres, superviviente de la
aniquilación de la posición avanzada de Sidi Dris, que haga
el esfuerzo de recordar ante sus compatriotas a los caídos en la
campaña de África; la invocación de Molina es, no
hace falta insistir mucho en ello, la misma que el escritor dirige a su
público. Debemos tener en cuenta, además (el autor lo menciona
en el prólogo y lo ha destacado en varias entrevistas), que el
sargento Molina, protagonista de la novela, es un personaje construido
a partir de la figura real del abuelo del escritor, Lorenzo Silva Molina,
quien luchó en la campaña africana como sargento de infantería.
Quizás no sea ocioso hacer algunas reflexiones en torno a la intención
que ha presidido la escritura de esta novela, la cual no me parece,
mutatis mutandis, muy diferente a la que subyace a un documental como
Extranjeros de sí mismos, de José Luis López-Linares
y Javier Rioyo. Novela y documental proponen un modelo de recuperación
de nuestra memoria histórica reciente que, sin abandonar completamente
el terreno de la interpretación ideológica, prefiere destacar
el testimonio de unas peripecias vitales extraordinarias, palmariamente
ignoradas por las nuevas generaciones de lectores y espectadores. No es
un enfoque carente de riesgos —Manuel Vázquez Montalbán
y otros significados portavoces de la izquierda clásica ya los
han señalado en varias ocasiones—, pero en cualquier caso supone
un meritorio esfuerzo de difusión de la historia reciente, sin
complejos de culpabilidad añadidos, y un intento muy laudable de
ganar para la novela y el cine español a un público más
bien adormecido por los dudosos encantos de la modernidad.
La publicación de la novela de Lorenzo Silva no le viene nada
mal a una sociedad como la española, cuyas jóvenes generaciones
ya no tienen ante sí el horizonte del servicio militar para recordarles
qué significaron, tanto desde la dimensión pública
como desde la experiencia individual, aquellas campañas militares,
nutridas por soldados de reemplazo con escaso o nulo fervor por la causa
que habían sido obligados a defender. En estos tiempos en que el
enfoque mediático parece restringir las señas características
de lo militar al “espectáculo” de las intervenciones
humanitarias (la participación de las fuerzas multinacionales,
incluidas las españolas, en Bosnia y Kosovo es un ejemplo clarísimo)
y en los que la principal consideración de las autoridades político-militares
es la limitación a cualquier coste de las bajas propias (recordemos
lo que ocurrió durante la Guerra del Golfo o en la campaña
aérea sobre la Yugoslavia de Milosevic), Lorenzo Silva nos recuerda
el incómodo papel que siempre le ha tocado desempeñar a
la infantería y el valor que encierra el cumplimiento del deber
y el sacrificio personal, incluso cuando éstos se llevan a cabo
por causas equivocadas. Por otra parte, no deja de tener su aspecto irónico
el hecho de que, en una sociedad obsesionada por la corrección
política y el recurso al eufemismo, aparezca una novela que retrata
sin ningún pudor las sevicias sufridas por los soldaditos españoles
a manos de “los moros”.
Claro que difícilmente podríamos esperar otro planteamiento
en un texto como éste, es decir, una novela de guerra en sentido
estricto, caracterizada por la crudeza de sus episodios bélicos
y narrada desde la perspectiva exclusiva de uno de los dos bandos en conflicto.
Ello no significa que estemos ante una narración maniquea ni menos
aún xenófoba, ya que, aparte de poner en solfa continuamente
la legitimidad de la presencia española en el norte de África,
el autor contempla a los irregulares rifeños con la admiración
que merecen su coraje, su capacidad combativa, su estoicismo e incluso
sus ocasionales gestos de caballerosidad (así ocurre hacia el final
de la novela, cuando los harqueños devuelven el cadáver
del coronel Morán, a quien tanto respetaban). Por otra parte, Silva
no ahorra calificativos elogiosos hacia las tropas indígenas alistadas
en el bando español (entre ellas destaca el sargento Haddú,
que sacrifica su vida en un acto de lealtad revestido de todos los atributos
del heroísmo más admirable). Ahora bien, tampoco hay que
pensar que Lorenzo Silva haya “cambiado de bando”, en una
de esas acciones típicas del pensamiento políticamente correcto
—en realidad, mistificaciones de la realidad histórica—
que tan frecuentes son en nuestros días. La crueldad de los harqueños,
su ensañamiento con los prisioneros españoles, su rapacidad
y cinismo aparecen nítidamente reflejados, sin regodeos morbosos,
pero al mismo tiempo sin concesiones al relativismo cultural.
Los muchos méritos que reúne El nombre de los nuestros
no sólo se reducen a la agilidad narrativa, que ya hemos señalado
como un rasgo característico de las novelas de Lorenzo Silva. También
en la reconstrucción histórica —con las oportunas
licencias, sobre las que el autor llama la atención en la “Advertencia
preliminar”— se muestra muy eficaz, tal como demuestra el
capítulo 3, donde relata la conversación de los generales
Dámaso Berenguer, Alto Comisario en Marruecos, y Manuel Fernández
Silvestre, Comandante General de Melilla, en el cañonero Laya,
a propósito de sus diferencias sobre la conducción de la
campaña africana. El episodio, en gran parte imaginario, es en
cualquier caso muy ilustrativo del desgobierno e impericia con que las
autoridades militares trataron las operaciones bélicas, y constituye
un buen ejemplo de la habilidad del autor para manejar los hechos reales
y convertirlos en materia novelística. La documentación
histórica y el conocimiento de los pormenores de la campaña
africana se adivinan bajo el discurrir de la acción, perceptibles
en el rigor y verosimilitud de los detalles (podemos ver un buen ejemplo
de cómo emplea Silva los “efectos de realidad” en el
capítulo 4, en la secuencia de la construcción de la posición
fortificada de Talitit por las tropas de ingenieros), pero siempre subordinados
a su virtualidad narrativa, a su función como soporte imprescindible
de la construcción de la trama y la eficacia emotiva del relato.
También la estructura novelística está plenamente
lograda. La narración, que comprende 19 capítulos y un epílogo,
se mueve entre tres escenarios básicos —las posiciones avanzadas
de Sidi Dris, Afrau y Talilit—, que alternan entre sí a lo largo
de la novela, con alguna desviación hacia escenarios de importancia
secundaria, como el cañonero Laya y la retaguardia melillense,
en cualquier caso muy relacionados con los anteriores. En cada uno de
los tres espacios principales se repite un esquema narrativo común,
que comienza con la descripción de la posición, continúa
con la creación de un tejido de relaciones entre los personajes
que la ocupan y finaliza con el relato del asalto y los combates subsiguientes.
Para evitar la posible dispersión en la atención del lector
y lograr su identificación con la suerte de los personajes, Silva
recurre a un expediente narrativo que no resultará desconocido
para los aficionados a los relatos bélicos (podemos recordar, a
este respecto, películas que ofrecen una gran variedad de escenarios
y personajes, como El día más largo o Un puente
demasiado lejano); en efecto, en cada una de las posiciones hay emparejamientos
de personajes que establecen intensas relaciones personales, en torno
a las cuales giran la mayor parte de los conflictos y se concentra el
dramatismo de las acciones: Andreu-cabo Rosales (Sidi Dris y Talilit),
cabo Amador y sargento Molina (Afrau), alférez Veiga y contramaestre
Duarte (cañonero Laya), sargento Molina-sargento indígena
Haddú (Afrau), Andreu-cabo Amador (Talilit), sargento Molina-cabo
González (Afrau), etc. Algunos capítulos —el 14, que narra
la desbandada de Sidi Dris, y el 18, en el cual se cuenta cómo
el cabo Amador entierra los cadáveres de sus compañeros
muertos en combate— actúan como núcleos organizadores del
relato, pues en él se reagrupan (vivos o muertos) varios de los
protagonistas, dispersos hasta entonces por diferentes escenarios.
La intensidad de la narración no sólo deriva del acertado
diseño estructural, sino también del muy visible tono de
tragedia que la recorre. Esta dimensión trágica se configura
a partir de un abrupto inicio —la muerte del soldado Pulido, que él
mismo anuncia como inevitable, al comienzo del capítulo 1, suceso
con el que se inaugura además uno de los motivos temáticos
recurrentes, el de la violencia seca y descarnada—, y se refuerza a lo
largo de los primeros capítulos mediante episodios que de algún
modo anuncian el desenlace: la despedida entre el alférez Veiga
y el coronel Morán (p. 52) y la marcha desde Sidi Dris a Talilit,
durante la cual el cabo Rosales le cuenta a Andreu lo terrible de las
retiradas ante los moros (pp. 54-56). El tono trágico procede también
de otros elementos fundamentales del relato, entre los cuales hay que
señalar la concentración temporal (dieciocho de los veinte
capítulos se desarrollan durante los meses de junio y julio de
1921, los cuales todavía parecen más breves gracias al inteligente
uso de la elipsis) y el carácter cerrado (cercado, para ser más
exactos) de los escenarios. En algunos de los momentos de mayor fuerza
expresiva, como los capítulos 14 y 16, la tragedia crece hasta
un verdadero paroxismo destructivo, con episodios de heroísmo casi
demente que destacan sobre un fondo apocalíptico, y en los cuales
predomina más la conciencia de lo inevitable, de un fatalismo resignado,
que la asunción racional del sentido del deber.
Los personajes de El nombre de los nuestros están, en líneas
generales, muy bien trazados. Aunque no sea ésta una novela “de
personajes” en sentido estricto, ya que la intensidad y el dinamismo
de la acción impiden una visión más profunda de la
vida interior de los protagonistas, hay que reconocerle al autor una gran
capacidad para concebir criaturas de ficción vívidas, potentes,
dotadas de una poderosa fuerza de convicción y especial verosimilitud.
En este sentido, es inevitable destacar la figura del protagonista principal,
el sargento Molina, cuyo retrato —el de un hombre íntegro
y decente, valeroso pero sensato, con autoridad indiscutible sobre sus
hombres, pero también comprensivo hacia sus flaquezas y debilidades,
leal a las órdenes recibidas y al mismo tiempo escéptico
hacia la actuación militar en el norte de África, una región
cuya sequedad y ascetismo son, en cierta medida, metáfora de su
propio espíritu— resulta muy atractivo.
En la construcción de sus criaturas de ficción, Lorenzo
Silva utiliza diversos procedimientos, que abarcan desde la omnisciencia
narrativa hasta el diálogo en estilo directo, pasando por combinaciones
de ambos y por otras perspectivas intermedias. De todos ellos me parece
especialmente lograda la técnica consistente en hacer vivir a los
personajes acciones que definen su verdadera personalidad sin innecesarios
subrayados del narrador. Un ejemplo muy significativo es el capítulo
2, en que el sargento Molina consigue que un oficial, irritadísimo
por las trapisondas del mono Luisito, no dispare al macaco; en esta intervención
se revelan algunas cualidades del personaje: su sensatez, la autoridad
que emana de su porte, de su modo de ser y de hablar, su interés
por los hombres a su cargo, su comprensión del otro, su humanidad.
Otro ejemplo de esta técnica lo hallamos en el capítulo
7, cuando Molina elimina de un plumazo la corruptela de los soldados que
pagan a sus camaradas para evitar salir en misión de aguada, demostrando
así otro rasgo clave de su carácter, como es su innato sentido
de la justicia, su energía para enfrentarse a los abusos. Y aunque
el personaje se defina más a partir de sus acciones que de sus
palabras, pues es hombre cauto y reservado, sus escuetas declaraciones
siempre se caracterizan por su buen sentido; a este respecto, hay dos
frases que resumen perfectamente su talante, ambas en la página
71: “no se puede abusar de quien es más débil. Quien
hace eso o lo consiente, ensucia el mundo”; “las perras corrompen,
pero la miseria corrompe más. Ésa es la mala ley de la vida”.
No hay duda de que el sargento Molina es un magnífico personaje.
Acaso el único reproche que se puede hacer al autor con respecto
a su protagonista es que resulta tal vez demasiado entero, demasiado “bueno”,
para un escenario tan desdichado y negativo como el que en la novela se
describe. Su honradez e integridad, sus reticencias ante la oficialidad
(en las que subyace un evidente conflicto de clase que también
alienta en otros personajes de la novela, como el anarquista Andreu o
el ugetista Amador)4,
incluso su capacidad de ver más allá de las circunstancias
estrictamente militares para cuestionar la política colonialista
en el norte de África (por cierto, no es el único suboficial
que comparte este planteamiento, como pone de relieve la conversación
entre el contramaestre Duarte y el alférez Veiga en el capítulo
3), dibujan el perfil de un personaje que, sin abandonar del todo ciertas
características del clásico héroe épico —véase,
por ejemplo, su valerosa actuación, de un heroísmo inaudito,
en los capítulos 13 y 15, que narran el asalto y la retirada de
Afrau—, tiene además muchos puntos de contacto con el modelo
del héroe “a su pesar”, característico de muchas
novelas bélicas5.

Al comienzo de esta reseña hacíamos algunas consideraciones
sobre el sentido de la novela y sobre su condición ideológica.
Querría aclarar ahora que, en mi opinión, y a pesar de que
el autor no oculta en ningún momento la crítica hacia el
estamento castrense, no creo que debamos considerar El nombre de los
nuestros como una novela antimilitarista. Es cierto que entre los
mandos militares que aparecen en ella abundan las conductas de criminal
incompetencia —la infravaloración de la capacidad combativa
del enemigo, la asunción de riesgos tácticos y estratégicos
innecesarios, la descoordinación, el desprecio por las vidas de
los reclutas, que más bien semejan corderos destinados al sacrificio,
tal como pone de relieve el ya mencionado episodio inicial del soldado
Pulido— y también las muestras de un comportamiento despreciable:
generales arrogantes como Fernández Silvestre, oficiales señoritos
y chulescos, investidos de un prejuicio de superioridad no sólo
respecto a “los moros”, sino a sus propias tropas, cabos y
suboficiales embrutecidos por el alcohol, el desarraigo y la corrupción.
Pero frente a ellos, también contemplamos a militares dignos,
como el coronel Morán (que parece estar basado en un oficial real
caído en el desastre, el coronel Morales), el alférez Veiga
y, sobre todo, el sargento Molina, en el que se ejemplifican virtudes
militares que indudablemente el autor admira: el sentido del deber, la
lealtad, la camaradería, el estoicismo. Y aunque el heroísmo
irracional, característico de los hechos de guerra, está
contemplado a través de un prisma de escepticismo crítico,
el escritor no llega a condenarlo del todo: incluso algunos oficiales
que destacan por sus baladronadas y su altivez alcanzan en el momento
del combate cierta dignidad inesperada, que procede de un coraje primitivo,
enloquecido, y de una voluntad de sacrificio que no por absurda resulta
menos impresionante; así ocurre por ejemplo en el capítulo
10, que narra el asalto a Talilit, cuando el teniente artillero, protegiendo
el repliegue de sus soldados, se enfrenta con valentía suicida
a la embestida de la harka. Silva llega incluso a proponer una interpretación
del desastre bélico en términos de experiencia iniciática,
de acontecimiento íntimo, capaz de transformar el carácter
de los supervivientes —véanse las reflexiones que realiza el alférez
Veiga a propósito de la aniquilación de los soldados españoles,
en la página 157—, que aunque pueda ser discutible desde perspectivas
ideológicas tiene sin embargo una indiscutible carga emotiva.
Una novela de guerra como la que ha escrito Silva no podía prescindir
de la descripción realista de las condiciones de la vida en las
posiciones de vanguardia. Es un realismo que no ahorra al lector detalle
crudos y hasta brutales, imprescindibles en la tradición de los
relatos bélicos, y en el que destaca singularmente la habilidad
narrativa del autor. Las escenas de combate son rápidas, rotundas,
contundentes, llenas de terribles sucesos de una fuerza e intensidad dignas
de elogio. Se podrían multiplicar los ejemplos, pero yo seleccionaría
los asaltos a las posiciones de Talitit, Afrau y Sidi Dris (capítulos
10, 14 y 16 respectivamente), absolutamente magníficos, con su
combinación de episodios de escalofriante violencia —heridos rematados
por sus propios compañeros, soldados torturados por la sed, hombres
que, al borde de perder la razón, reservan su última bala
para no caer prisioneros, hospitales de campaña donde se amontonan
los heridos en condiciones infernales, prisioneros horriblemente atormentados
por los harqueños— y diálogos descarnados, implacables,
de una expresividad que no sólo procede de la tensión del
momento, sino de su laconismo y absoluta falta de retórica.
Lorenzo Silva hace uso de un castellano rotundo, que no retrocede ante
los tacos, las blasfemias o las rudas expresiones del argot cuartelero.
Sin embargo, también demuestra su capacidad para el interludio
lírico, generalmente asociado a la evocación del paisaje
norteafricano. Así ocurre, por ejemplo, en las páginas 74-75,
en las que el sargento Molina recuerda ante el cabo Amador la ciudad montañosa
de Xauen, tan semejante a los pueblos blancos andaluces, con su insólita
judería y su aire misterioso y embriagador. También el alférez
Veiga, a bordo del cañonero Laya, percibe la inevitable
seducción del paisaje africano:
“El contraste de luces y sombras, silencios y estruendos,
tenía para Veiga una caprichosa armonía. Durante el día,
la calima y el polvo lo difuminaban todo, pero al anochecer se producía
una transformación súbita y cautivadora. La mar, el aire,
la costa misma, todo tenía un fulgor extraño. Hasta los
hombres que allí estaban intentando matar y no morir debían
sentirse sobrecogidos por la inaudita belleza de que se revestía
el paisaje africano mientras huía la luz y se les venía
encima la noche llena de incertidumbres” (p. 161).
Esta novela de trincheras, dolor y sufrimientos apenas imaginables también
reserva un espacio para otras emociones que las derivadas de las acciones
militares. En unos casos es el humor, teñido de notas grotescas
y hasta esperpénticas, como ocurre con las aventuras del mono Luisito
en la posición de Afrau (capítulos 2 y 8). En otros es el
deseo sexual, que alcanza un nivel de intensa tensión en el relato
que hace el cabo Rosales a Andreu de su encuentro con una mujer rifeña
en el recinto de un morabito (pp. 92-94, capítulo 6). Tampoco faltan
los momentos más reposados, en los que se expresa la rutina de
la vida en las trincheras y se da cauce a la revelación de la intimidad
de los soldados (véase el capítulo 5, significativamente
titulado “Añoranzas nocturnas”), o los retratos casi
costumbristas, como el de los asfixiantes blocaos, con sus interminables
partidas de naipes y sus penosas condiciones higiénicas (capítulo
6). Y me parece muy revelador que la novela, que como ya hemos dicho se
caracteriza por una violencia creciente hasta el paroxismo, termine sin
embargo con un reposado epílogo (situado seis años después
del desastre, tras el desembarco de Alhucemas), que proyecta un hermoso
tono melancólico sobre el ánimo del lector. En este capítulo
final, la mirada del narrador pasa ágilmente desde el acorazado
donde presta servicio el ya oficial de marina Veiga hasta la recién
creada ciudad en la que el sargento Molina asiste en posición de
firmes a la revista real de las tropas españolas, finalmente vencedoras.
Las emociones de ambos, distantes, escépticas, proporcionan un
adecuado contrapunto melancólico, un adagio tan emocionante como
desengañado, al agotador frenesí de los combates. Los dos
soldados comprenden cómo su heroísmo ha sido manipulado
y ha sido transformado en un acto inútil, pero se dan cuenta también
de que nunca podrán olvidar lo que han vivido. Y así su
recuerdo pasa a formar parte de nosotros, los lectores, para quienes Veiga,
Molina, Amador, Andreu o Haddú llevan ya, desde el mismo momento
en que cerramos la cubierta de esta emocionante novela, “el nombre
de los nuestros”.
Notas
1. Noviembre sin violetas, Madrid,
Ediciones Libertarias, 1995, reeditado en Destino (Col. “Destino
Libro”); La sustancia interior, Madrid, Huerga y Fierro,
1996, reeditado en Destino (Col. “Áncora y Delfín”),
1999; La flaqueza del bolchevique, Barcelona, Destino (Col. “Áncora
y Delfín”, 779), 1997, reeditado en Booklet, 1998 y en “Destino
Libro”, 2000; El lejano país de los estanques, Barcelona,
Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 812), 1998
[premio “El Ojo Crítico” de narrativa]; El ángel
oculto, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”,
844), 1999; El urinario, Valencia, Pre-Textos (Col. “Narrativa”,
10), 1999; El alquimista impaciente,
Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”,
890), 2000, reeditado por Planeta y Círculo de Lectores (2000);
El nombre de los nuestros, Barcelona, Destino (Col. “Áncora
y Delfín”, 919), 2001; La isla del fin de la suerte,
Barcelona, Círculo de Lectores, 2001; El cazador del desierto,
Madrid, Anaya (Col. “Espacio Abierto”), 1998 [novela juvenil];
Algún día, cuando pueda llevarte a Varsovia, Madrid,
Anaya (Col. “Espacio Abierto”), 1998 [novela juvenil]; La
lluvia de París, Madrid, Anaya (Col. “Espacio Abierto”),
2000 [novela juvenil]; Viajes escritos y escritos viajeros, Madrid,
Anaya (Col. “Punto de referencia”), 2000) [libro de viajes];
Del Rif al Yebala. Viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos,
Barcelona, Ediciones Destino (Col. “Áncora y Delfín”,
927), 2001 [libro de viajes]. «
2. La isla del fin de la suerte
se aloja en la web del Círculo de Lectores.
Esta no es la única relación del novelista con Internet
y las nuevas tecnologías, pues también ha elaborado una
web personal
donde ofrece noticias biográficas, extractos de las críticas
recibidas por sus novelas, una completa bibliografía, textos inéditos
muy representativos de sus inquietudes y aficiones, etc. A todo ello hay
que añadir la aparición (octubre de 2001) de alguno de sus
textos breves (el relato “Liberty City”) en formato de libro
digital o e-book, publicado por la Editorial
Badosa. «
3. La novela de Lorenzo Silva se ha
publicado apenas un año después que Una guerra africana,
Madrid, Ediciones SM (Col “Gran Angular”, 195), 2000, de Ignacio
Martínez de Pisón, novela juvenil cuya acción transcurre
con posterioridad a los sucesos del desastre de Annual. Aunque inferior
en calidad a El nombre de los nuestros y muy diferente en su planteamiento
argumental (pues, a pesar de lo que sugiere el título, su centro
de gravedad no es tanto la campaña militar cuanto el relato de
una poco creíble peripecia sentimental que se desarrolla sobre
el fondo de la contienda africana), la novela de Martínez de Pisón
comparte con la de Silva unos cuantos rasgos comunes: no sólo las
inevitables referencias al marco histórico, sino también
la focalización del relato en torno a un suboficial de baja extracción
social (el sargento Medrano, escéptico ante la guerra y al mismo
tiempo entregado a su deber), que tiene numerosos puntos de contacto con
el sargento Molina de El nombre de los nuestros. La novela de
Silva guarda también algunas conexiones con la famosísima
Morirás en Chafarinas, de Fernando Lalana, no sólo
por su ambientación norteafricana y por algunos detalles de los
protagonistas (soldados de reemplazo), sino también por la insistencia
en las notas de escepticismo y desarraigo que en ambas novelas aparecen.
«
4. A este respecto resulta muy ilustrativo
el capítulo 5, donde el cabo Amador y el sargento Molina charlan
sobre el sentido de la guerra y su propia intervención en ella.
Molina revela en esta conversación uno de los rasgos fundamentales
de su personalidad: el sentido del deber, el compromiso nacido de un convencimiento
personal que se impone por sobre las comodidades y los intereses mezquinos,
hasta el punto de que Amador, el sindicalista de la UGT opuesto a la guerra
y a sus enemigos de clase, acaba comprendiendo las intenciones y motivos
de su superior, que en principio le parecían inaceptables. «
5. Estas características no
son insólitas en los personajes de Lorenzo Silva. De hecho, buena
parte de ellas pueden advertirse en el sargento Rubén Bevilacqua,
protagonista de El lejano país de los estanques y El
alquimista impaciente. Aunque el sargento Molina haya sido forjado
a partir del recuerdo de un hombre de carne y hueso, no es menos cierto
que sus rasgos distintivos —el sentido del deber, la rectitud, la
solidaridad con los hombres bajo su mando, el distanciamiento frente a
la oficialidad— pueden detectarse en alguno de los antecedentes
narrativos que ya citamos al principio de esta reseña; pienso,
por ejemplo, en el personaje del sargento Carlos Arnedo, protagonista
del episodio 4 (“Magdalena roja”) de El blocao, de
José Díaz Fernández. Además, el tipo no es
ajeno a la tradición de los relatos bélicos contemporáneos;
pienso, por ejemplo, en personajes como el sargento primero Milton Warden,
de la novela de James Jones De aquí a la eternidad (1951),
o el sargento Croft de Los desnudos y los muertos, de Norman
Mailer. «
Para saber más
Quienes tengan interés en ampliar la información sobre la novela
y su autor pueden consultar las siguientes fuentes:
- Del Rif al Yebala. Viaje al sueño
y la pesadilla de Marruecos, Barcelona, Ediciones Destino (Col.
“Áncora y Delfín”, 927), 2001. En este libro
de viajes, que relata su estancia en el norte de Marruecos, Lorenzo
Silva proporciona significativos detalles de la biografía de
su abuelo y abundantes noticias históricas de las campañas
africanas (véanse, en relación con los sucesos que relata
la novela, las pp. 104-108). Al leer Del Rif alYebala no sólo
podemos verificar muchos aspectos del complejo proceso de creación
novelística que se halla tras El nombre de los nuestros,
sino que además confirmamos esa poderosa sensación de
realismo y autenticidad que se desprende de la novela.
- Web personal
de Lorenzo Silva: imprescindible para un contacto de primera mano
con la trayectoria biográfica y los intereses del escritor. También
hay un foro
de noticias sobre el escritor muy recomendable.
- El
desastre de Annual: una web con información detalladísima
sobre lo que fue y lo que significó este pavoroso episodio de
la historia española (incluye fotografías).
- En los últimos años, la guerra de África ha vuelto
a suscitar el interés de los escritores españoles, como
demuestra el magnífico reportaje de Manuel Leguineche, Annual,
1921: el desastre de España en el Rif, Madrid, Alfaguara,
1996. Este libro incluye, a modo de apéndice, el llamado “Expediente
Picasso”, encargado por el gobierno español al general
Juan Picasso para averiguar las causas de la derrota militar; en las
páginas 143-144 y 147-150 de este apéndice se relatan
pormenorizadamente los combates en las posiciones de Talilit, Sidi Dris
y Afrau.
- También en el plano estrictamente literario hay significativas
muestras de este renovado interés, pues se han reeditado dos
de las grandes novelas sobre la guerra de África: El blocao
de José Díaz Fernández (Madrid, Viamonte, 1998),
con prólogo de José Esteban; e Imán, de
Ramón J. Sender, (Barcelona, Ediciones Destino, Col. “Clásicos
Contemporáneos Comentados”, 2001), con comentarios de Lorenzo
Silva.
- En su número 69, de septiembre de 2002 (pp. 34.37), la revista
Qué Leer
dedica un interesante y bien documentado reportaje, titulado “Moros
en la costa”, a la relación entre la literatura y los desastres
bélicos sufridos por las tropas españolas en el Norte
de África.
- El propio Lorenzo Silva (suplemento dominical El Semanal,
nº 800, del 23-II al 1-III de 2003, pp. 54-58), ha anunciado recientemente
la preparación de un documental sobre la desastrosa retirada
de Annual. En este proyecto, basado en un guión del novelista,
intervienen los cineastas Manu Horrillo y Benito Zambrano. Más
información en la web http://www.arreyenlao.com
y en la web del novelista.
La versión original de esta reseña ha sido
publicada en la web
personal de Lorenzo Silva, a quien agradezco sinceramente los elogios
que dedica a mi trabajo.
Última actualización de la página:
6-12-2005
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