Serían más o menos las 11 de la mañana del sábado 17 de marzo de 2001 cuando entré en la librería "El Parnasillo", de Pamplona, para refitolear un poco y ver si conseguía algunos datos sobre la polémica entre Antonio Muñoz Molina y Javier Marías, a la que hago referencia al comienzo de la reseña de Hannibal. No encontré nada que pudiera ayudarme, pero sí una recopilación de artículos sobre el escritor leonés José María Merino, novelista y poeta a quien admiro desde hace muchos años, y a cuya obra dediqué un artículo que se publicó en una revista norteamericana en 1988.
Busqué afanosamente en la bibliografía del mencionado volumen, para ver si en ella aparecía mi artículo de 1988; desde luego que lo hice por vanidad, pero también para comprobar la exactitud de la entrada (que en alguna ocasión ha sido incorrectamente transcrita, con la inversión de mis dos primeros apellidos). Encontré la referencia bibliográfica y respiré aliviado, porque la cita era impecable. Sin embargo, seguí leyendo y, de repente, con estupefacción, con sorpresa y con terror descubrí que bajo la entrada correcta figuraba otra, también atribuida a mi autoría, y que transcribo a continuación:
"Sentido y dimensión de lo fantástico en los Cuentos del reino secreto, de José María Merino", en Juan Fernández Jiménez, José J. Labrador Herraiz y L. Teresa Valdivieso (eds.), Estudios en homenaje a Enrique Ruiz-Fornells, Asociación de Licenciados y Doctores Españoles en los Estados Unidos, 1990.
Me empezó a correr un sudor frío por todo el cuerpo, porque hasta ese preciso instante no tenía la más remota idea de la existencia de ese artículo. Me asusté, me asusté mucho; casi me desmayo del sofocón. ¿Cómo era posible que hubiera ignorado la existencia de ese texto misterioso durante casi doce años? Se me ocurrieron las más peregrinas explicaciones: "estoy en la primera fase del Alzheimer" -me dije-, "esto es una coña de tamaño superior", "me están grabando los del objetivo indiscreto, que han preparado una broma de mal gusto"...
De vuelta a casa (por si acaso compré el libro donde se incluye la entrada bibliográfica), le conté el suceso a Pilar, que no hizo más que reírse a mandíbula batiente. A ella no le extrañaba nada que este fenómeno tan paranormal hubiera sucedido, y todavía se reía más cuando me veía dándome a todos los diablos y haciendo esfuerzos inútiles para recordar. Poco a poco me fui serenando, e hice mis averiguaciones; en efecto, el Homenaje al Enrique Ruiz-Fornells de marras existía, puesto que figuraba en el catálogo online de la biblioteca de la Universidad de Navarra. También pertenecía al mundo real la Asociación esa de los Doctores, al igual que los tres autores-editores.
Revolviendo papeles encontré también el original del artículo, que a juzgar por la tipografía y otros detalles no puede ser anterior a 1988 (año en que compré mi primer PC e impresora). Comprobé que el contenido del texto coincidía con una breve cita que de él se hace en la recopilación de artículos críticos sobre José María Merino, y me senté a llorar en el sofá, víctima de emociones contradictorias. Por una parte pensaba: "¡Más publicaciones para el currículo!, que no me valdrán de nada, pero sirven para presumir"; por otra me decía a mí mismo: "este es el primer signo de la inevitable degeneración que a todos nos espera tras cumplir los cuarenta".
Una vez convencido de la existencia del artículo, y más o menos recuperada la cordura después de tanto llanto y extravío, me propuse conseguir algún ejemplar del Homenaje. Antes de comprarlo, envié correos electrónicos a medio Estados Unidos, para ver si podía contactar con la editorial o con sus editores; hasta la fecha, no he recibido respuesta. Si alguien tiene alguna noticia del caso, por favor, que me escriba a la dirección de costumbre: (webmaster@lenguaensecundaria.com).
Lo peor de todo es que sigo sin poder recordar las circunstancias en que escribí, corregí y envié el artículo para su publicación. Es asombroso que finalmente se editara el texto sin haber por medio autorización mía, corrección de las pruebas y demás trámites. Siento que se ha abierto una brecha en mi configuración racional del mundo, y que tras ella amenaza la desintegración de la sensatez, el abismo de la degeneración cerebral, el caos... A veces creo que ésta no es una historia real, sino el argumento de un cuento de Kafka o de Borges, material sugestivo para un cuento fantástico o una novela corta de terror psicológico; con algún detalle truculento o algún añadido patético podría convertirse en el esqueleto de un thriller de postín.
Post Scriptum: por fin me decidí a comprar el libro, en la la librería Amazon.com. Con fecha de 16 de marzo de 2002 (casi un año después de conocer por vez primera la existencia de mi artículo, qué coincidencia), y tras abonar la exorbitante cifra de 89,97 dólares, llegó a mis manos. Ahora puedo creer; el artículo existe (entre las páginas 368 y 375 del libro de marras); su autor soy yo, Eduardo Larequi. Ya puedo volver a dormir tranquilo, reconciliado con el mundo, recuperado el sentido de la realidad.
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Eduardo-Martín Larequi García
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